Antropología de la muerte

Texto básico de la conferencia dada ante la Academia de Medicina de Caldas, el 5 de Mayo de 1987, en el auditorio de Confamiliares.

Hablar de la muerte, es hablar de la vida; introducirse en las profundidades cenagosas de las tumbas y las tradiciones míticas y religiosas de las civilizaciones humanas milenarias, es tratar de descubrir los nexos ocultos, sutiles, que se han establecido siempre entre las actividades más vitales del hombre, como lo son el arte, las ciencias exactas, las filosofías, la ciencia médica, las religiones y la política.
Todo movimiento, todo pensamiento, toda concepción humana, van acompañados de manera evidente o soterrada del sentimiento del morir, sensación casi exclusiva de la conciencia del homo sapiens.
La muerte somete a los reinos vegetal, animal y mineral, a los seres unicelulares y a los cuerpos celestes extragalácticos. Pero el único que tiene plena conciencia de su muerte es la mente humana y para ello necesitó de la previa constitución sicológica del tiempo, porque sin tiempo no hay pasado ni futuro, sino un continuo YA, un permanente presente. Es el caso de los animales y los primeros homínidos que vivian y olvidaban casi simultáneamente, no poseían memoria de hechos viejos y por ello no podían sentir la presencia del morir, que requería para manifestarse de una sucesión temporal de actos.
Como cualquier momento era el primer momento, no tuvieron relaciones estrechas con otros miembros de su clan o manada y cuando estos desaparecían no se percibía ese aniquilamiento, por carecer de la conciencia de su existir, eran inmortales a través de la ignorancia, eran infinito al faltar la memoria y la concepción del tiempo.
El rito funerario, el hallazgo de la tumba, es el elemento objetivo que permite averiguar el instante en que el embrión de ser humano, abandonó su noche de penumbras salvajes y abrió la inteligencia al hecho de su fugacidad vivencial, condenándose a una nueva vida de incertidumbre ante el mañana.
De finales del paleolítico ya se detectaron tribus que construyeron cementerios rudimentarios, donde cráneos y falanges son las piezas que más abundan. Luego aparecen utensilios de látex, vasijas, vestidos, que implicaba que el primitivo había inventado un más allá; es este el segundo donde surge el vértigo de la vida, el miedo a no existir algún día, la ruptura con la naturaleza, pretendiendo vencerla con los nacientes instrumentos de la brujería, las pinturas rupestres, la adoración de Dioses naturales y exorcismos desesperados que buscaban erradicar del destino del hombre la pesadumbre, la enfermedad y la angustia de la finitud.
Claro que no es tan fácil asegurar la exclusividad perceptual del hombre, en relación con la detección de la mortalidad. A comienzos de la década del 60, los zoólogos curiosos, encontraron que los elefantes africanos y asiáticos realizaban una especie de rito funerario ante sus muertos, con ramas secas y hojarasca. Cubren la cabeza y las patas del cadáver y luego inician una súbita carrera, acompañada de gemidos y jadeos. Continuar estudiando al elefante y su primaria actitud ante la muerte, es quizás la única manera objetiva de entender cual fue la evolución sicológica de los hombres de la época de las cavernas.
Un análisis completo de la antropología de la muerte significaría recorrer Oriente y Occidente, detenernos en las culturas precolombinas, analizar el Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos o viajar a China a horadar los caminos recorridos por Confusio y Lao-Tse. Como el objetivo primordial de esta conferencia es que entendamos mejor nuestra actual posición sobre la muerte, me referiré solamente a aquellos pueblos que influyeron de manera indirecta y directa en la ideología tanatológica de Occidente. Por ello, comenzaré por Egipto, seguiré con Grecia y concluiré con el Occidente de la edad media, renacimiento y el contemporáneo.

EGIPTO: Amón Ra Y Osiris

Cinco mil años de misterios insondables han quedado retratados en las descomunales pirámides, semihundidas en las arenas del desierto; 26 dinastías, cientos de Faraones, reflejaron interpretaciones diversas con respecto a la muerte y la vida, que se comprueban históricamente en los cambios sucedidos en la arquitectura, sistema político, arte pictórico y el ejercicio de la medicina en los diferentes períodos.
Fue el imperio antiguo, de mil años de duración y las seis primeras dinastías, a quien le debemos los monumentos de mayor majestuosidad. Las famosas pirámides de Keops, Kefren y Micerino (de la 4a dinastía) simbolizan con exactitud la concepción religiosa de la época; el Faraón era la representación divina en la tierra, que debía construir su pirámide mortuoria lo más agradable y lujosa posible, porque la tumba era la morada intermedia entre el reino celeste de los Dioses y la tierra negra de Egipto; se construyó en piedra, porque se quería a través de la pirámide comprar la eternidad, si la tumba persistía la inmortalidad se aseguraba. Es en este tiempo donde se dibujan textos en las paredes de las pirámides que hablan del viaje del Faraón hacia el reino de dios solar RE o RA, en una barcaza de madera, por esto las construcciones fueron diseñadas tratando de tocar con sus puntas de granito sólido los techos de los cielos. Miraban hacia arriba y allá estaba su meta. Sin embargo este período solo garantizó la inmortalidad a los Faraones y la familia real, eran ellos los únicos que tenían derecho a ser embalsamados ritualmente y a poseer una tumba con inscripciones sagradas; los demás, nobles y campesinos, sólo tenían posibilidad de perdurar al fallecimiento en relación con el servicio que se hubiese prestado en vida al Faraón. Es aquí donde se comprende la longevidad del absolutismo real.
Los médicos de esta época se dividieron en: los sacerdotes que atendían al Faraón y su Corte, en los magos que formulaban al pueblo y en los escribas o médicos laicos que eran protegidos por los nobles; estos últimos conocieron las especialidades, parece que utilizaron el análisis objetivo de los síntomas, porque la enfermedad no era en este momento castigo divino sino una mezcla de accidente natural y maleficios provenientes de los espíritus de los muertos. Es este un período donde prácticamente la única norma moral exigida es respetar la persona del Faraón, y el hedonismo y el deseo de las riquezas materiales acompañaron a las distintas capas de la sociedad egipcia. Con la llegada del primer imperio intermedio (entre la séptima y la onceava dinastía) el poder omnipresente del Faraón se colocó en tela de Juicio, el motivo principal radicó en que muchos nobles y campesinos que no tenían acceso al Faraón temieron no alcanza la vida eterna, se necesitó de un mecanismo independiente para ser inmortal; es aquí donde se genera la llamada «democratización de la muerte», los nobles se apoderaron de los textos sagrados, construyeron sus tumbas y se otorgaron la posibilidad propia de alcanzar el mundo del Dios solar RE. Paralelamente surgió el concepto de una especie de paraíso terrenal, muy similar al medio ambiente que ellos conocían, que quedaba al «Occidente» donde las riquezas materiales eran muchas y al alcance de todos. Se requirieron más fórmulas mágicas y talismanes que antes para invocar a los dioses, el auténtico politeísmo (con dioses de la fertilidad, de las aguas, de la salud, de los cultivos, etc.), socavó el poder único del RE. Los médicos magos dominaron este período, los médicos laicos y su vocación científica empírica se obscureció ante la nueva ideología del mas allá. Doscientos años duró Egipto desconociendo el poder absoluto del Faraón, lo que condujo a que pequeños gobernantes de las provincias se sintieran autónomos de un poder central. Con la doceava dinastía de los reyes tebanos, estos recuperaron la confianza de su pueblo y lo reagruparon, porque les fue aceptado de nuevo el origen divino, pero no el atributo de dar o no inmortalidad a los demás y se conservó la democratización de la muerte alcanzada en el período anterior.
Es aquí cuando el nombre de Osiris, el dios hombre, comenzó a tener una raigambre popular, los sacerdotes de Metrópolis le rendían culto desde la quinta dinastía, pero de manera casi clandestina porque RE era el amo religioso absoluto. Osiris, esposo de Isis, fué asesinado por su hermano Sethi y dividido su cuerpo en catorce partes, que se dispersaron por las tierras del Alto y Bajo Egipto: su hijo Horus vengó a su padre al matar a Sethi y reunió las partes separadas del cuerpo y Osiris resucitó. Se estableció la otra gran concepción del más allá. el reino de los muertos gobernado por Osiris rey de la muerte y de la resurrección. Explicaré en esta parte la razón del embalsamiento del cuerpo, la compulsión a conservar las momias intactas, que condujo a la construcción de pasadizos secretos y cámaras mortuorias falsas en las tumbas, para salvaguardar al cadáver de los vivos: la popularidad de Osiris ocasionó que las tumbas ya no miraran hacia arriba, sino que fueran excavadas entre las rocas y se profundizaran metros adentro, para estar más cerca del reino subterráneo y aunque RE y su reino solar no fué olvidado si perdió su inicial influencia: la momia debía ser conservada. porque si se destruía inmediatamente el espíritu inmortal del individuo perdía el derecho de vivir en lo eterno. Los egipcios no dividieron el hombre en nuestra conocida clasificación de cuerpo, alma y espíritu, para ellos existió un «KA» traducido como «doble», un «ba» que sería equiparable al alma pero con atributos especiales y el «Aj» o ser espiritual. El Ka estaba representado en la cámara de la estatua de la tumba, era a él a quién se le depositaban las ofrendas de alimentos y bebidas, que a su vez garantizaban al cuerpo. Ba y Aj seguir existiendo. El Ba era móvil, transformable, que se podía convertir en ave y visitar los familiares vivos y sus propiedades, no era que se reencarnara en animales el egipcio -como erróneamente lo relataron los historiadores griegos- sino que su acto era una transformación temporal, que le permitía interconectar el mundo de los vivos, el sitio intermedio de la tumba y el más allá de Osiris, Occidente o el RE solar. En esta época la medicina avanza en el arte de la reconstrucción quirúrgica, en el tratamiento de los traumas y en el conocimiento de la anatomía de los huesos y articulaciones; el papiro de Edwin Smith es fundamentalmente quirúrgico y esto se explica porque el ideal de muerte del momento obligaba como requisito indispensable a que el cuerpo del difunto estuviera completo (al igual que el Osiris reconstruido), para poder ser garantizada la vida en el más allá.
Es del cuerpo físico de donde se alimenta Aj o el ser espiritual, por eso la técnica del embalsamiento tenía que perfeccionarse para garantizar que nunca los tejidos y huesos desaparecieran y no era que creyeran en la resurrección del cuerpo físico, sino en la indispensable conservación del cuerpo para que el ser espiritual continuara existiendo.

Imperio Nuevo y Decadencia

Luego de aproximadamente 250 años vino el segundo período intermedio, donde el pueblo extranjero de los Hicsos dominó por casi 300 años. pero no logró la desaparición de las sólidas tradiciones de la antigüedad. Con la dinastía diez y ochoava comenzó el imperio nuevo, donde tras una corta revolución religiosa en los reinados de Amenofis 111 y IV. que proclamaron la unicidad del Dios Aton. volvió la tradición de Osiris y en menor proporción RE a gobernar el pensamiento sobre la muerte.
El famoso texto del «Libro de los Muertos» apareció por primera vez en las momias de éste período, el cual se originó como consecuencia de un juicio de los muertos, que las anteriores dinastías no concibieron. Cuarenta y dos dioses comandados por Osiris decidían si el muerto era merecedor de la vida eterna o debía ser castigado por un tiempo o ser destruido por completo. El llamado libro de los muertos son fórmulas mágicas y textos laudatorios que intentan que la decisión de los dioses le sea favorable al difunto, es el día en que al juzgado le es extraído el corazón y colocado en una balanza, donde «Amaat», que se ha traducido como «justicia-verdad» está ubicada en el otro platillo; si el corazón resulta más pesado es que está cargado de actos malos, de manchas morales y es ingerido por la «devoradora», una figura mixta de chacal y humano; si la inclinación no era muy marcada se tenía el derecho a ir a una especie de purgatorio y sufrir la expiación de las culpas. De esta tradición, donde el corazón es el órgano más esencial para el más allá, la medicina logró adelantos muy importantes en el estudio de la anatomía y la fisiología cardiovascular; el denominado papiro de Berlín, como el papiro de Ebers, son verdaderos tratados de angiología, completos libros de la patología del corazón. Una vez más, buscando entre las relaciones ocultas, la medicina basaba sus ansias de dominar el sistema cardiovascular en una creencia mortuoria.
Luego de unos 500 años, la integración política y social de Egipto se fue desmembrando, porque las nuevas generaciones cometieron un error que ninguno de sus predecesores realizó: olvidar el pasado. Cuando la dinastía XXI comenzó su gobierno -el postimperio- el pueblo había perdido la memoria, el sentido profundo de los ritos, y el miedo y la inseguridad invadieron a sacerdotes, gobernantes, nobles y plebeyos. Quedarían unos 600 años de agonía lenta, donde la duda dolorosa en la cosmogonía antigua amenazó como una espada de Damocles con destruir el corazón y la cabeza del imperio; en esta fase los grabados en las paredes de las pirámides mostraron imágenes desagradables, angustiosas acerca del más allá; la muerte se empezó a percibir como un proceso antinatural, indeseable y los dioses perdieron valor y al Faraón se le negó su porción de divinidad; el suicidio se manifestó como acto inexplicable para un pueblo que había concebido la existencia como una línea recta, donde vida y muerte no eran distintas, sino parte de una misma sustancia.
En estos años la pérdida de la confianza, los seudobrujos, los chamanes del absurdo, se adueñaron del pueblo y estimularon la idolatría a los animales (gatos, cocodrilos), el resurgimiento del politeísmo, solo algunos grupos escasos de sabios trataron de conservar el tesoro de los conocimientos pasados.
Cuando los persas, con la espada bárbara de Cambises, conquistaron a Egipto, éste ya era desde hacia décadas un cadáver nauseabundo que se tostaba bajo el sol. En conclusión, se puede afirmar de l antropología de la muerte en Egipto lo siguiente: que fue una cultura que osciló entre el monoteísmo del Dios solar RE, la alternativa no necesariamente contrapuesta de Osiris y el politeísmo, cuando el pueblo perdió la brújula del sentido interno de los mitos; crearon varios modelos de la vida ultraterrena, porque quisieron que la eternidad alcanzara para todos; comprendieron a la vida y la muerte como un idéntico camino, cuyo punto exacto de encuentro fue la tumba y el templo funerario; por eso fue la única sociedad humana que vio como natural que el muerto volviera al reino de los vivos a visitar a sus familiares y que el vivo escribiera cartas a sus muertos, vencieron a la muerte mediante la confianza en la reversibilidad del proceso de vida a muerte y de muerte a vida. La medicina fue mágica, pero también pre-científica y esta última le debe a las creencias religiosas sus etapas de evolución y de estancamiento. El mito del Osiris, Dios resucitado, el juicio de los muertos, un paraíso terrenal, un purgatorio, son elementos muy similares a los que siglos después tomó el cristianismo occidental como dogmas propios. En este último paralelo radica la relación entre la muerte en Egipto y en Occidente.
GRECIA: Politeísmo antropomórfico, hedonismo, inmortalidad del alma
Mientras los persas saquearon las riquezas de las . tumbas faraónicas, un puñado de griegos jónicos, navegantes errabundos, que no necesitaron del aliciente conceptual de una tierra plana o redonda para husmear el mundo, llegaron a la tierra del Nilo y vislumbraron la agonía del imperio solar, e intuyendo que eran los predestinados a conducir a Occidente los secretos mas valiosos de la cultura oriental agonizante, aprendieron la signología de los papiros, escucharon a los sabios astrónomos y matemáticos y se incorporaron a las organizaciones religiosas secretas y como Prometeos humanizados retornaron a su amada Hélade a sembrar las mejores semillas  de cultura, decantadas en 5.000 años por el Imperio del Sol.
Grecia, pueblo joven, recibió la sangre vieja que se revitaliza y expande, porque la sabiduría de los pueblos depurada en el cedazo del tiempo se vuelve más vital y ágil, rejuvenece en las manos neófitas de los que interpretan el mundo como un telar de esperanzas, entretejido de sueños.
Dispersos por la cadena de islas y archipiélagos, viviendo con las cabras y degustando los viñedos, el pueblo escogido fue despertando conjuntamente del sueño de la vida primitiva y Minos en Creta y luego Agamenón en Micenas retomaron en buena parte la arquitectura funeraria de Egipto; construyeron grandes monumentos funerarios, siendo la tumba de Agamenón la más importante. Vino luego la época de las guerras troyanas, de los héroes, el culto del placer, los múltiples dioses antropomórficos, de los cuales sabemos que los relatos de Hesiodo y Hornero. Se forjaron los dioses con figura y sentimientos casi humanos, eran inmortales pero estaban sometidos a las mismas pasiones de los hombres; la lujuria, la envidia, se filtraban en el Olimpo; el propio Zeus dio mal ejemplo desde el comienzo, al matar a su padre Cronos, para gobernar sobre los hombres y el resto de los dioses. El politeísmo de estos griegos partió de una concepción mágica de los fenómenos naturales y los grandes sentimientos, había dioses del agua y el fuego, como del amor y la sabiduría; el libre albedrío no existía para los asuntos de trascendencia; Zeuz en el Olimpo (ubicado en la montaña de Tesalia) tenía dos toneles, el uno con los males el otro con los bienes que arrojaba a voluntad a cada hombre.
La inmortalidad del alma entendida como un bien superior a la vida de las formas no existía, pues el Hades que era el sitio obligado, al cual iban todos los humanos cuando morían -localizado en el fondo de la tierra y al cual se iba a través del río Aqueronte yen la barcaza del viejo Caronte- recibía a las almas de los muertos, pero estas eran simples espectros, sombras que no poseían conciencia del dolor ni del goce.
Existía más abajo un sitio llamado el Tartaro donde padecían las almas de los malvados, es decir aquellos que le habían faltado al respeto a los dioses, los que negaron sus nombres; pero en ningún momento se iba al Tartaro por experimentar al máximo todas las pasiones y posibilidades hedo-nísticas que la vida material ofrecía; precisamente el «noble y buen vivir» consistía en la extracción de los jugosos frutos de la sensualidad. Si se pudiera hablar en este período de algún tipo de inmortalidad consciente, esta debería referirse a los héroes. El héroe aseguraba la perpetuación de su «yo», dejando en el recuerdo de sus compatriotas los actos valientes logrados en la guerra, la inmortalidad la otorgaba la historia, la fidelidad de la memoria de las generaciones futuras; el héroe se podía convertir en semi-dios, al cual le ofrecían viandas y bebidas, que se enterraban en la arena porque ellos también vivían debajo de la tierra; el rito funerario era valorado, todo cadáver debía ser enterrado o cremado, porque de lo contrario el alma quedaba obligada a vagar sin sentido entre las tinieblas, sin que se le dejara pasar de las orillas de la laguna Estigia, que rodeaba el Hades y este destierro duraba al rededor de cien años. La importancia de este rito era tan grande, que luego de las batallas se acordaba una pausa entre los bandos, para recoger y enterrar a sus muertos.
Como los dioses de este tiempo eran los titiriteros y los hombres los títeres, la medicina fue completamente mágica, la enfermedad era exclusivo castigo divino, que no se combatía con la racionalidad sino con la sumisión religiosa, el único intento médico independiente era la utilización de brevajes narcóticos para calmar el dolor de los heridos en batalla; por igual motivo, el suicidio o cualquier forma de eutanasia no se veía, porque quitarse la vida o quitar la vida significaba desconocer la voluntad de los dioses y ser condenado a las profundidades del tártaro.
Se podría pensar que sin la creencia de un más allá superior al más acá, la angustia y la anarquía se alojaron en el corazón de estos hombres, pero fue todo lo contrario, vivieron felices y ligeros, porque comprendieron el profundo sentido de la naturaleza temporal de la vida, que en lugar de deprimirlos los estimuló a vivir con furor cada momento de su biografía.

La Filosofía Jónica y la Medicina Hipocrática

Aunque el pueblo y el estado continuaron defendiendo y creyendo hasta después de la época clásica en las mitologías enumeradas antes, la inteligencia analítica despertó en un grupo de jónicos, que con Tales de Mileto a la cabeza, son el origen de la filosofía griega y por ende de la negación de esa caricatura de dioses con voluptuosidades humanas.
La filosofía que buscó primero las causas últimas de la naturaleza, evolucionó hasta llegar a la intimidad del individuo. En un recorrido de Bumerang, que retornó siempre al sitio de partida: La curiosidad del hombre en su constitución íntima. La medicina científica, «el arte de curar», nació de la filosofía naturalista griega. Para los filósofos la naturaleza tenía un orden, una lógica y sentido inteligente en sus manifestaciones. Ese orden se comenzó a interpretar como de causa divina, una inteligencia creadora de todas las cosas, poderosa e inalcanzable para la comprensión humana, que hizo surgir en el ánimo de estos buscadores un sentimiento de impotencia y pequeñez, que abonó el terreno de las ideas al posterior concepto de la inmortalidad del alma.
Detrás del «agua» como origen de todas las cosas para Tales o el «caos» para Anaximandro o el «aire» para Anaximenes, se encontraba latente el sentimiento de la divinidad, nacido de la contemplación de lo inconmensurable.
Hipócrates fundó la escuela de Cos a mediados del Siglo V AC y su gran mérito consistió en darle a la medicina un espacio propio, porque rompió con la filosofía jónica al no aceptar o por lo menos considerar de no interés para el ejercicio médico, el darle una categoría metafísica a la sabiduría de la naturaleza; entendió y creyó que la naturaleza era sabia por ella misma y que el arte médico debía estar basado en la ayuda a la naturaleza, por ello la observación, el nacimiento de la historia clínica, la aniquilación del sentido mágico de la enfermedad. Como la medicina era simple ayudante de lo natural, dar muerte piadosa, concebir la eutanasia, no se permitió ya que el médico debía ayudar a restablecer una armonía natural perdida y no acelerar el proceso desarmónico que condujo a la enfermedad.
El legado de los tratados del Corpus Hipocrático está sustentado en esta forma de ver la vida y las variables.
La muerte y el Hades tenían que tambalear en la mente de los griegos pensantes. Teogonias antiguas como las de Pitágaroas de Samos comenzaron a ser divulgadas por los grupos de iniciados religiosos, esta se sintetiza en un fragmento del canto pitagórico: «La evolución es la ley de la vida, el número es la ley del universo, la unidad es la ley de Dios». Pitágoras cree en el origen divino del alma, en la metemsicosis como método evolutivo y en el número y la armonía musical como elementos que aproximan al hombre a su origen celestial. Los órficos también afirmaron la inmortalidd del alma, pero para ellos el alma era un demonio y el cuerpo su cárcel; el demonio solo a costa de los sufrimientos que ofrecía la vida podría volver tras muchas reecarnaciones a ser bueno y recuperar el cielo eterno; esta teoría los condujo a su gran odio al cuerpo, al empleo de un ascetismo malsano, no producto del convencimiento interior sino del masoquismo sicológico.

Sócrates y la Revolución del Alma

Con Sócrates llegó la reconciliación, agrupó radicales defensores del alma, como única realidad humana y adoradores del cuerpo que la negaban. Es errado pensar que Sócrates haya renegado del cuerpo, lo que hizo fué explicar que el alma y el cuerpo eran principios de una misma naturaleza universal y consideraba que el alma debía dominar al cuerpo y sus pasiones, para purificarse y retornar algún día a los cielos, pero sin odiar el vehículo que le permitía su itinerario de evolución, la estructura corporal. Justifica en el Fedón Platónico la inmortalidad del alma basándose en las ideas-tipo, que indicaban que cada alma conocía antes de encarnarse por primera vez las ideas de belleza, amor, Justicia, armonía, etc., y lo que se hacía en la tierra al referirse a estos sentimientos no era más que la prueba de ese primer hogar divino, que se recordaba fragmentariamente en el mundo de la densa materia. La reencarnación no tenía limites de tiempo, dependía de la interiorización y desarrollo de la conciencia que lograra el individuo. Las almas dependiendo de la vida llevada, al destruirse el cuerpo que habitaban podía reencarnar en águilas o halcones si fueron injustos y ávidos de poder o en otros hombres si fueron respetuosos de las leyes, hasta llegar al verdadero filósofo que vivía preparándose para la muerte, porque ya sentía con claridad la presencia de un estado existencial diferente y eterno. Los males (Karma) o los bienes de un individuo, su dolor o su suerte, estaban relacionados directamente con la clase de vida llevada por él en la reencarnación anterior. Con cada nuevo nacimiento el alma perdía el recuerdo de sus vidas pasadas y solo con un trabajo interior muy intenso podía intuir y corregir sus orientaciones pasadas. (Al contrario de Pitágoras que afirmaba que con el esfuerzo de una sola vida era posible recordar claramente las existencias anteriores).
La influencia socrática en la sociedad ateniense fue notoria y penetrante. La muerte pasó a ser un bien indispensable para alcanzar algún día la felicidad plena, de la muerte nacía la vida y de la vida la muerte. La inscripción de piedra en el templo de Delfos se hacía más valiosa que nunca «conócete a ti mismo y así conocerás al universo y a los dioses».
Parte de la población comenzó a crecer en los preceptos socráticos y por ello el ritual funerario perdió la importancia y el sentido de antaño, ya no implicaba ningún riesgo ser cremado o enterrado, dejado sobre el lecho o arrojado a las aguas, el cuerpo se tomaba en cascarón vacío cuando el alma levantaba el vuelo en el instante del último aliento orgánico exalado.
La medicina griega conservó su autonomía científica ante la nueva doctrina filosófica, pero retomó de los postulados de que el alma, el cuerpo y la mente se encontraban unidos por una misma naturaleza y variaban en el grado, el fundamental concepto de la enfermedad como proceso sicosomático, (aunque de manera unilateral) lo espiritual influye sobre lo síquico y este sobre lo físico. La etiología de los estados morbosos se amplió de esta forma de la única causalidad de lo anatómico y fisiológico, como método de diagnóstico y tratamiento.
Platón contradictorio a veces, fue más radical que su maestro en el énfasis puesto a la división de cuerpo y alma, acercándose a los órficos diría que el alma fue creada por un ser intermedio entre Dios y los hombres y escogía su primer cuerpo con base en su mayor o menor conciencia del ser universal y eterno. Luego de esa primera encarnación lo haría nuevamente en nueve oportunidades más, con intervalos de no encarnarse de mil años y por lo tanto al término de 10.000 años volvía definitivamente al todo cósmico. En esos períodos de mil años sufría o recibía recompensas, dependiendo del tipo de cuerpo que había habitado. Para Platón el género de vida más noble era el del filósofo o artista y el más envilecido el de tirano.
En síntesis, se puede decir de la cultura griega ante la muerte, (hasta la época clásica) que fué un pueblo, que ya fuera en la fase antropomórfica de Homero o en la de la inmortalidad del alma socrática, supo valorar la vida sin el temor a la muerte, porque la aceptó como obvia e irreversible, pero que no era necesario anticiparla, ni traerla a la vida en forma de pensamientos sombríos o muy negativos. Ellos siempre se sintieron parte del universo,  partículas indestructibles; independiente del sitio donde se encontraran, entendieron y disfrutaron de la sentencia de Einstein, sin haberla escuchado de sus labios: «Nada se crea ni se destruye, todo se transforma».
Engrandecieron a la vida adornándola de belleza; en todas las circunstancias las ideas obsesivas de cualquier índole no penetraron sus esencias, de allí la ausencia de la pasión del dogma como método de comprensión y el avance de la filosofía ontológica y las ciencias naturales. Dieron dirección a su vida, aceptando la muerte como un cambio lógico que en su viaje de nómada del universo debía recorrer el hombre; en todos los instantes estuvieron a la altura de los tiempos, después de ellos ninguna cultura o civilización comprendería a la muerte de manera tan natural y profunda.
Grecia es el padre de la inteligencia humana y la madre de su espiritualidad, Grecia es el máximo límite posible a la comprensión humana, la cúspide que brilla en la conciencia histórica de los hombres y el inconciente colectivo (Jung) de la humanidad. Grecia es futuro en su pasado, volver a su paideia es vislumbrar lo que fuimos como especie y comprender que nunca lo volveremos a ser.

OCCIDENTE: Los contrastes ante la muerte

Grecia luego del esplendor de la época clásica entró en decadencia y primero Magno y luego Roma se encargaron de falsificar lo que Renán llamó «el milagro griego». No tuvo un sucesor digno que recogiera la esencia de su cultura y la esparciera por las nuevas naciones de Occidente. La tragedia de su destino no consistió en la llegada de un final que todo y todos lo tienen, sino en que sus sucesores romanos no los entendieron como pueblo de navegantes supremos en el océano de la inteligencia, argonautas de su propio universo interior. Cruzaré sin detenerme por la Roma imperial y sus Césares enloquecidos, para arribar con prontitud a la edad media europea donde el cristianismo regulaba la vida y dominaba la muerte.

EDAD ANTIGUA Y MEDIA: Naturalidad ante la parca

El cristianismo de los papas católicos y apostólicos y su iglesia feudal, ejercían un poder absoluto sobre nobles y campesinos, reyes y guerreros; la incertidumbre en un más allá luego de morir había desaparecido, porque los dogmas de cielo, purgatorio e infierno se aceptaban con un misticismo que no daba lugar a la duda.
El infierno en esta época poseía gran fuerza de convencimiento, ya que se vivía una religión basada en la amenaza de las torturas eternas, por este motivo las oraciones, los diezmos entregados al clero y la posibilidad de comprar absoluciones papales garantizaban la salvación después de la muerte, a aquellos que podían comprar con sus riquezas materiales un cupo en el cielo o por lo menos en el purgatorio.
El proceso de la muerte se percibió como algo natural, obvio, no se temía a la parca en sí -puesto que ya se sabía que existía la inmortalidad- el miedo radicaba en el castigo que se pudiera tener en el reino de Satán.
El gran dominio que ejerció la iglesia en este tiempo se debió fundamentalmente a dos concepciones poderosas, garantizó la inmortalidad del alma a todos los seres humanos sometidos a la fragilidad de la vida, por las frecuentes epidemias mortales que asolaban a las ciudades europeas, (cólera, tifo, etc.) e impuso su voluntad sin resistencias al asegurar que de ellos dependía que esa inmortalidad fuera agradable o por el contrario un castigo sin fin.
Al ser la muerte tan lógica se escriben tratados del «arte del buen morir», donde se indican los pasos a seguir por el moribundo en sus últimos días. Por orden papal, los médicos eran los encargados de decir al paciente con una enfermedad grave, que no volvería a restablecerse, entonces el condenado se arrepentía de sus pecados, compraba las absoluciones que requieran y se dedicaba a rezar y a decir a otros que oraran por él; en los finales minutos de vida el mismo dirigía el acto de despedida, su cuarto estaba generalmente abarrotado de familiares, amigos, vecinos y curiosos; con solemnidad llamaba a sus más íntimos y al oído pronunciaba consejos y advertencias que se consideraban como opiniones casi infalibles y con obligación de cumplirse. El miedo que persistía ante la muerte era cuando se producía en forma súbita, ya que no daba la oportunidad del arrepentimiento y el infierno estaba asegurado. Por eso las pestes eran tan temidas, por lo repentinas, no por lo mortales.
El duelo de los familiares era muy público, se veía con agrado y tolerancia las manifestaciones extremas de llanto y desesperación, el dolor de los vivos no solo se aceptaba sino que se exigía.
Los cementerios eran colosales monumentos arquitectónicos, repletos de esculturas gigantescas que aludían al juicio de los muertos, a las almas penitentes en el fuego, a querubines y ángeles con trompetas y espadas de fuego; se ubicaban al lado de los templos y el castigo mayor radicaba en prohibir a alguien el ser enterrado en campo santo, era la condenación inmediata. El sociólogo Francés Ariés ha denominado a este período el de «La Muerte Domesticada».

Renacimiento y Soledad al Morir

La llegada del renacimiento significó en esencia el intento del hombre de recuperar su individualidad perdida, por las opresoras estructuras políticas y religiosas de la edad media feudal. La condenación o la salvación eterna seguían siendo posibilidades otorgadas por la iglesia, pero la propia persona, con su arrepentimiento directo y silencioso y sus peticiones a Dios, empezaba a concebir un perdón divino sin el requisito indispensable de pagar absoluciones o recibir los perdones de los poderosos obispos; la aparición de este sentimiento de rebelde autonomía condujo a que la muerte dejara de ser tan natural, porque ya las creencias dogmáticas de las instituciones se comenzaron a observar con cierta duda metódica, los famosos «tratados del arte de morir» perdieron popularidad, el cuarto del moribundo dejó de ser sitio público y solamente los familiares más Intimos asistían a su agonía; se estableció mayor recato en el dueño, el dolor se controlaba, las emociones exageradas se empezaron a ver como incómodas para los demás, los amigos y queridos del muerto no podían manifestar tan en voz alta su pensamiento ante la cesación, la muerte se libraba de las cadenas de los dogmas y retornaba con su figura enigmática de huesos a inspirar en los hombres miedo, angustia y dolor.
En síntesis, el renacimiento dio libertad en la vida, al recuperar la individualidad del hombre, pero la muerte perdió la naturalidad adquirida en la cruz y refundida en la incipiente razón; la medicina de la época estudiaba la anatomía de los tejidos e imaginaba en los cadáveres la dirección y sentido de las relaciones fisiológicas. Son los tiempos de «La muerte de sí mismo», como lo describió Ariés.
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Fuente: Academia de Medicina de Caldas, 1987.

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