Ton ami vampire/ Tu amigo vampiro – Comte de Lautréamont

Quiera Dios que el lector, animoso y momentáneamente tornado cruel como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque a menos que él no traiga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma, como el agua al azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro. Por consiguiente, alma tímida, antes de penetrar más adentro en tales páramos inexplorados, dirige tus talones hacia atrás y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige tus talones hacia atrás y no hacia delante.
Lector, ¡acaso quieras que invoque al odio en el comienzo de esta obra! ¿Quién te dice que no olfatearás, bañado de innúmeras voluptuosidades, cuanto quieras, con tus narices orgullosas, anchas y delgadas, echándote sobre el vientre, como un tiburón, en el aire bueno y oscuro, como si comprendieras la importancia del acto y la importancia no menos de tu apetito legítimo, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? ¡Te lo aseguro, ellas regocijarán los dos agujeros informes de tu hocico repugnante, oh monstruo, si no obstante te aplicas previamente a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita del Eterno! Tus narices, que se dilatarán desmesuradamente de contento inefable, de éxtasis inmóvil, no pedirán una cosa mejor al espacio, embalsamado como de perfumes e incienso; porque serán saciadas de una dicha completa, como los ángeles que habitan la magnificencia y la paz de los agradables cielos.
Demostraré en algunas líneas cómo Maldoror fue bueno durante sus primeros años en que vivió feliz, ya está. Advirtió en seguida que él no había nacido perverso: ¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter cuanto pudo, durante un gran número de años; pero, al fin, a causa de esta concentración que no le era natural, cada día se le subía la sangre a la cabeza; hasta que, no pudiendo ya soportar semejante vida, se entregó resueltamente al oficio del mal… ¡atmósfera dulce! ¡Quién lo hubiera dicho! Cuando besaba a un niñito, de rostro rosado, hubiera querido arrebatarle sus mejillas con una navaja de afeitar, y lo hubiera hecho muy a menudo, si la Justicia, con su largo séquito de castigos, no se lo hubiese impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad y declaraba que era cruel.
Hay quienes escriben buscando lso aplausos humanos, mediante nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden tener. Pero yo hago servir mi genio en pintar las delicias de la crueldad, delicias no transitorias, artificiales, sino que comenzaron con el hombre y con él concluirán. ¿El genio no puede aliarse con la crueldad en las decisiones secretas de la providencia?, ¿o por que se es cruel no se puede tener genio? Se verá la prueba de mis palabras, sólo depende de vosotros el escucharme, si lo queréis de verdad… Perdón, me parecía que los cabellos se me habían erizado en mi cabeza; pero no es nada, porque, con mis manos, he logrado fácilmente volverlos a su anterior posición. El que canta no pretende que sus cavatinas sean una cosa desconocida; por el contrario, se vanagloria de que los pensamientos soberbios y perversos de su héroe se encuentren en todos los hombres.
He visto, durante toda mi vida, sin exceptuar a uno solo, a los hombres, de espaldas angostas, cometer actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes y pervertir las almas por todos los medios. Viendo tales espectáculos, quise reírme como los otros, pero esto, extraña imitación, era imposible. Tomé un cortaplumas cuya hoja tenía filo agudo y me corté las carnes en los sitios donde se juntan los labios. Por un instante creí logrado mi fin. ¡Miré en el espejo esa boca lastimada por mi propia voluntad! ¡Era un error! La sangre que corría en abundancia de las dos heridas impedía por otra parte distinguir si estaba allí realmente la risa de otros. Pero después de algunos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir que yo no reía. He visto a los hombres, de cabeza fea y ojos terribles hundidos en la orbita oscura, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el furor insensato de los criminales, las traiciones de hipócrita, los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y los seres más ocultos al descubierto, los más fríos de los mundos y del cielo cansar a los moralistas en descubrir su corazón. Tempestades hermanas de los huracanes; firmamento azulado; tierra de seno misterioso; habitante de las esferas; Dios, que los creaste con magnificencia, es a Ti a quien invoco: ¡muéstrame un hombre que sea bueno!.. Pero que tu gracia disculpe mis fuerzas naturales; porque ante el espectáculo de ese monstruo, yo pueda morir de asombro.
Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh! ¡cuán dulce es arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre el labio superior, y, con los ojos muy abiertos, aparentar que se pasa suavemente la mano sobre su frente, tirando hacia atrás sus hermosos cabellos! Luego, de pronto, en el momento en que él menos lo espera, hundirle las uñas largas en su pecho tierno, de modo que no muera; porque si muriera, no se tendría más tarde el espectáculo de sus miserias. En seguida, se bebe la sangre lamiendo las heridas; y durante este tiempo, que debería durar tanto como dura la eternidad, el niño llora. Nada es tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decirlo, y muy cálida todavía, salvo sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has gustado nunca de tu sangre, cuando por azar te cortaste un dedo? Qué buena es, ¿verdad?, porque no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas que un día, en medio de tus reflexiones lúgubres, te llevaste el hueco de tu mano a tu rostro enfermizo húmedo por lo que caía de tus ojos; mano que en seguida se dirigía fatalmente hacia la boca, que bebía las lágrimas a largos sorbos, en esa copa, temblando como los dientes del colegial que mira oblicuamente a aquel que nació para oprimirle? Qué buenas son, ¿verdad? Porque tienen el gusto del vinagre. Por consiguiente, pues tu sangre y tus lágrimas no te desagradan, aliméntate, aliméntate confiadamente con lágrimas y la sangre del adolescente. Véndale los ojos, mientras desgarras sus carnes palpitantes; y después de haber escuchado largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los estertores penetrantes que exhalan en una batalla las gargantas de los heridos agonizando, entonces, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitas desde la habitación vecina aparentando llegar en su ayuda. Le soltarás las manos, de nervios y venas hinchadas, le devolverás la vista a sus ojos extraviados, volviendo a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Cómo entonces es verdadero el arrepentimiento! La chispa divina que hay de nosotros, y se manifiesta tan raramente, se muestra, ¡demasiado tarde! Cómo el corazón desborda al poder consolar al inocente a quien se le hizo daño: “Adolescente, que acabas de sufrir dolores crueles, quién pues pudo cometer contra ti un crimen que no sé con cuál nombre calificar! ¡Desdichado! ¡Cómo debes sufrir! ¡Ay! ¿qué es entonces el bien y el mal? ¿Es una misma cosa por la cual testimoniabas con rabia nuestra impotencia, y la pasión de alcanzar el infinito hasta por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas distintas? Sí… que sea más bien una misma cosa… porque sino, ¡qué sería de mí en el día del juicio! Adolescente, perdóname; quien está ante tu rostro noble y sangrado es quien ha roto tus huesos y desgarrado las carnes que cuelgan en distintos sitios de tu cuerpo. Es un delirio de mi razón enferma, es un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila desgarrando su presa, lo que me ha impulsado a cometer este crimen; y sin embargo, ¡yo sufría tanto como mi víctima! Adolescente, perdóname. Una vez salidos de esta vida transitoria, quiero que estemos abrazados durante la eternidad, formar un solo ser, mi boca pegada a la tuya. Aún, de esta manera, mi castigo no será completo. Entonces, tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas, para este holocausto expiatorio; y sufriremos ambos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme… mi boca pegada a la tuya. Oh adolescente, de cabellos rubios, de ojos tan dulces, ¿harás ahora lo que te aconsejo? A pesar de ti, quiero que lo hagas, y tornarás dichosa mi conciencia”. Después de haber hablado así, al mismo tiempo habrás causado daño a un ser humano, y serás amado por el mismo ser: es la felicidad más grande que se pueda concebir.
No se me verá, en mi hora final –escribo en mi lecho de muerte-, rodeado de sacerdotes. Quiero morir mecido por las olas del mar tempestuoso, o de pie sobre la montaña… los ojos en lo alto, no; sé que mi aniquilamiento será completo. Por otra parte, no tengo gracia que esperar.
¿Quién abre la puerta de mi cámara mortuoria? Dije que nadie entrase. Quien quiera que seas, márchate; pero si crees ver alguna huella de dolor o temor en mi rostro de hiena –uso esta comparación aun cuando la hiena sea más bella que yo, y más agradable de ver-, desengáñate: aproxímate. Estamos en una noche de invierno, cuando los elementos se entrechocan por todas partes, el hombre tiene miedo, y el adolescente medita algún crimen contra uno de sus amigos, si él es lo que yo fui en mi juventud. Que el viento, cuyos silbidos quejosos entristecen a la humanidad, desde que el viento y la humanidad existen, unos momentos antes de la agonía final, me lleve sobre los huesos de sus alas, a través del mundo, impaciente de mi muerte. Gozaré aún, secretamente, de los ejemplos numerosos de la perversidad humana –un hermano, sin ser visto, gusta ver los actos de sus hermanos-. El águila, el cuervo, el inmortal pelícano, el pato salvaje, la grulla viajera, despiertos, temblando de frío, me verán pasar a la luz de los relámpagos, espectro horrible y satisfecho. No sabrán lo que esto significa. En la tierra la víbora, el ojo abultado del sapo, el tigre, el elefante: en el mar, la ballena, el tiburón, la informe raya, el diente de la foca polar, se preguntarán por esta derogación de la ley natural. El hombre, temblando, pegará su frente a la tierra, en medio de sus gemidos.
“Sí, os supero a todos por mi crueldad innata, crueldad que no ha dependido de mí hacer desaparecer. ¿Es por tal motivo que os mostráis ante mí así prosternados? ¿O bien porque me veis recorrer, fenómeno nuevo, como un cometa espantable, el espacio ensangrentado? –Me cae una lluvia de sangre de mi vasto cuerpo, semejante a una nube negruzca que empuja el huracán ante él-. Nada temáis, hijos, no quiero maldeciros. El mal que me hicisteis es muy grande, muy grande el mal que os hice, para que sea voluntario. Vosotros marchasteis por vuestra vida, yo por la mía, semejantes ambos, ambos perversos. Necesariamente, debimos encontrarnos, por esa similitud de carácter; el choque que de ello resultó nos ha sido recíprocamente fatal”.
Entonces, los hombres levantarán poco a poco la cabeza, recobrando valor, para ver a quién habla así, alargando el cuello como el caracol.
De pronto, su rostro ardiente, descompuesto, mostrando las más terribles pasiones, gesticulará de tal modo que los lobos tendrán miedo. Se levantarán a la vez como un resorte inmenso. ¡Qué imprecaciones! ¡Qué voces desgarradas! Me han reconocido. He aquí que los animales de la tierra se reúnen con los hombres, haciendo escuchar sus extraños clamores. No más odio recíproco; los dos odios se han vuelto contra el enemigo común: yo. Se aproximan por un asentimiento universal. Vientos que me sostenéis, elevadme más alto aún; temo la perfidia. Sí, desaparezcamos poco a poco de sus ojos… adiós, viejo, y piensa en mí si me leíste. Tú, joven, no te desesperes; porque tienes un amigo en el vampiro, a pesar de tu opinión adversa. Contando el ácaro sarcopte que produce la sarna, tendrás dos amigos.

Quiera Dios que el lector, animoso y momentáneamente tornado cruel como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque a menos que él no traiga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma, como el agua al azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán este fruto amargo sin peligro. Por consiguiente, alma tímida, antes de penetrar más adentro en tales páramos inexplorados, dirige tus talones hacia atrás y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige tus talones hacia atrás y no hacia delante.Lector, ¡acaso quieras que invoque al odio en el comienzo de esta obra! ¿Quién te dice que no olfatearás, bañado de innúmeras voluptuosidades, cuanto quieras, con tus narices orgullosas, anchas y delgadas, echándote sobre el vientre, como un tiburón, en el aire bueno y oscuro, como si comprendieras la importancia del acto y la importancia no menos de tu apetito legítimo, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? ¡Te lo aseguro, ellas regocijarán los dos agujeros informes de tu hocico repugnante, oh monstruo, si no obstante te aplicas previamente a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita del Eterno! Tus narices, que se dilatarán desmesuradamente de contento inefable, de éxtasis inmóvil, no pedirán una cosa mejor al espacio, embalsamado como de perfumes e incienso; porque serán saciadas de una dicha completa, como los ángeles que habitan la magnificencia y la paz de los agradables cielos.Demostraré en algunas líneas cómo Maldoror fue bueno durante sus primeros años en que vivió feliz, ya está. Advirtió en seguida que él no había nacido perverso: ¡fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter cuanto pudo, durante un gran número de años; pero, al fin, a causa de esta concentración que no le era natural, cada día se le subía la sangre a la cabeza; hasta que, no pudiendo ya soportar semejante vida, se entregó resueltamente al oficio del mal… ¡atmósfera dulce! ¡Quién lo hubiera dicho! Cuando besaba a un niñito, de rostro rosado, hubiera querido arrebatarle sus mejillas con una navaja de afeitar, y lo hubiera hecho muy a menudo, si la Justicia, con su largo séquito de castigos, no se lo hubiese impedido cada vez. No era mentiroso, confesaba la verdad y declaraba que era cruel.Hay quienes escriben buscando lso aplausos humanos, mediante nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden tener. Pero yo hago servir mi genio en pintar las delicias de la crueldad, delicias no transitorias, artificiales, sino que comenzaron con el hombre y con él concluirán. ¿El genio no puede aliarse con la crueldad en las decisiones secretas de la providencia?, ¿o por que se es cruel no se puede tener genio? Se verá la prueba de mis palabras, sólo depende de vosotros el escucharme, si lo queréis de verdad… Perdón, me parecía que los cabellos se me habían erizado en mi cabeza; pero no es nada, porque, con mis manos, he logrado fácilmente volverlos a su anterior posición. El que canta no pretende que sus cavatinas sean una cosa desconocida; por el contrario, se vanagloria de que los pensamientos soberbios y perversos de su héroe se encuentren en todos los hombres.He visto, durante toda mi vida, sin exceptuar a uno solo, a los hombres, de espaldas angostas, cometer actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes y pervertir las almas por todos los medios. Viendo tales espectáculos, quise reírme como los otros, pero esto, extraña imitación, era imposible. Tomé un cortaplumas cuya hoja tenía filo agudo y me corté las carnes en los sitios donde se juntan los labios. Por un instante creí logrado mi fin. ¡Miré en el espejo esa boca lastimada por mi propia voluntad! ¡Era un error! La sangre que corría en abundancia de las dos heridas impedía por otra parte distinguir si estaba allí realmente la risa de otros. Pero después de algunos instantes de comparación, vi bien que mi risa no se parecía a la de los humanos, es decir que yo no reía. He visto a los hombres, de cabeza fea y ojos terribles hundidos en la orbita oscura, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, el furor insensato de los criminales, las traiciones de hipócrita, los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y los seres más ocultos al descubierto, los más fríos de los mundos y del cielo cansar a los moralistas en descubrir su corazón. Tempestades hermanas de los huracanes; firmamento azulado; tierra de seno misterioso; habitante de las esferas; Dios, que los creaste con magnificencia, es a Ti a quien invoco: ¡muéstrame un hombre que sea bueno!.. Pero que tu gracia disculpe mis fuerzas naturales; porque ante el espectáculo de ese monstruo, yo pueda morir de asombro.Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh! ¡cuán dulce es arrancar brutalmente de su lecho a un niño que aún no tiene nada sobre el labio superior, y, con los ojos muy abiertos, aparentar que se pasa suavemente la mano sobre su frente, tirando hacia atrás sus hermosos cabellos! Luego, de pronto, en el momento en que él menos lo espera, hundirle las uñas largas en su pecho tierno, de modo que no muera; porque si muriera, no se tendría más tarde el espectáculo de sus miserias. En seguida, se bebe la sangre lamiendo las heridas; y durante este tiempo, que debería durar tanto como dura la eternidad, el niño llora. Nada es tan bueno como su sangre, extraída como acabo de decirlo, y muy cálida todavía, salvo sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has gustado nunca de tu sangre, cuando por azar te cortaste un dedo? Qué buena es, ¿verdad?, porque no tiene ningún sabor. Además, ¿no recuerdas que un día, en medio de tus reflexiones lúgubres, te llevaste el hueco de tu mano a tu rostro enfermizo húmedo por lo que caía de tus ojos; mano que en seguida se dirigía fatalmente hacia la boca, que bebía las lágrimas a largos sorbos, en esa copa, temblando como los dientes del colegial que mira oblicuamente a aquel que nació para oprimirle? Qué buenas son, ¿verdad? Porque tienen el gusto del vinagre. Por consiguiente, pues tu sangre y tus lágrimas no te desagradan, aliméntate, aliméntate confiadamente con lágrimas y la sangre del adolescente. Véndale los ojos, mientras desgarras sus carnes palpitantes; y después de haber escuchado largas horas sus gritos sublimes, semejantes a los estertores penetrantes que exhalan en una batalla las gargantas de los heridos agonizando, entonces, habiéndote apartado como una avalancha, te precipitas desde la habitación vecina aparentando llegar en su ayuda. Le soltarás las manos, de nervios y venas hinchadas, le devolverás la vista a sus ojos extraviados, volviendo a lamer sus lágrimas y su sangre. ¡Cómo entonces es verdadero el arrepentimiento! La chispa divina que hay de nosotros, y se manifiesta tan raramente, se muestra, ¡demasiado tarde! Cómo el corazón desborda al poder consolar al inocente a quien se le hizo daño: “Adolescente, que acabas de sufrir dolores crueles, quién pues pudo cometer contra ti un crimen que no sé con cuál nombre calificar! ¡Desdichado! ¡Cómo debes sufrir! ¡Ay! ¿qué es entonces el bien y el mal? ¿Es una misma cosa por la cual testimoniabas con rabia nuestra impotencia, y la pasión de alcanzar el infinito hasta por los medios más insensatos? ¿O bien son dos cosas distintas? Sí… que sea más bien una misma cosa… porque sino, ¡qué sería de mí en el día del juicio! Adolescente, perdóname; quien está ante tu rostro noble y sangrado es quien ha roto tus huesos y desgarrado las carnes que cuelgan en distintos sitios de tu cuerpo. Es un delirio de mi razón enferma, es un instinto secreto que no depende de mis razonamientos, semejante al del águila desgarrando su presa, lo que me ha impulsado a cometer este crimen; y sin embargo, ¡yo sufría tanto como mi víctima! Adolescente, perdóname. Una vez salidos de esta vida transitoria, quiero que estemos abrazados durante la eternidad, formar un solo ser, mi boca pegada a la tuya. Aún, de esta manera, mi castigo no será completo. Entonces, tú me desgarrarás, sin detenerte nunca, con los dientes y las uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con guirnaldas perfumadas, para este holocausto expiatorio; y sufriremos ambos, yo por ser desgarrado, tú por desgarrarme… mi boca pegada a la tuya. Oh adolescente, de cabellos rubios, de ojos tan dulces, ¿harás ahora lo que te aconsejo? A pesar de ti, quiero que lo hagas, y tornarás dichosa mi conciencia”. Después de haber hablado así, al mismo tiempo habrás causado daño a un ser humano, y serás amado por el mismo ser: es la felicidad más grande que se pueda concebir.No se me verá, en mi hora final –escribo en mi lecho de muerte-, rodeado de sacerdotes. Quiero morir mecido por las olas del mar tempestuoso, o de pie sobre la montaña… los ojos en lo alto, no; sé que mi aniquilamiento será completo. Por otra parte, no tengo gracia que esperar.¿Quién abre la puerta de mi cámara mortuoria? Dije que nadie entrase. Quien quiera que seas, márchate; pero si crees ver alguna huella de dolor o temor en mi rostro de hiena –uso esta comparación aun cuando la hiena sea más bella que yo, y más agradable de ver-, desengáñate: aproxímate. Estamos en una noche de invierno, cuando los elementos se entrechocan por todas partes, el hombre tiene miedo, y el adolescente medita algún crimen contra uno de sus amigos, si él es lo que yo fui en mi juventud. Que el viento, cuyos silbidos quejosos entristecen a la humanidad, desde que el viento y la humanidad existen, unos momentos antes de la agonía final, me lleve sobre los huesos de sus alas, a través del mundo, impaciente de mi muerte. Gozaré aún, secretamente, de los ejemplos numerosos de la perversidad humana –un hermano, sin ser visto, gusta ver los actos de sus hermanos-. El águila, el cuervo, el inmortal pelícano, el pato salvaje, la grulla viajera, despiertos, temblando de frío, me verán pasar a la luz de los relámpagos, espectro horrible y satisfecho. No sabrán lo que esto significa. En la tierra la víbora, el ojo abultado del sapo, el tigre, el elefante: en el mar, la ballena, el tiburón, la informe raya, el diente de la foca polar, se preguntarán por esta derogación de la ley natural. El hombre, temblando, pegará su frente a la tierra, en medio de sus gemidos.“Sí, os supero a todos por mi crueldad innata, crueldad que no ha dependido de mí hacer desaparecer. ¿Es por tal motivo que os mostráis ante mí así prosternados? ¿O bien porque me veis recorrer, fenómeno nuevo, como un cometa espantable, el espacio ensangrentado? –Me cae una lluvia de sangre de mi vasto cuerpo, semejante a una nube negruzca que empuja el huracán ante él-. Nada temáis, hijos, no quiero maldeciros. El mal que me hicisteis es muy grande, muy grande el mal que os hice, para que sea voluntario. Vosotros marchasteis por vuestra vida, yo por la mía, semejantes ambos, ambos perversos. Necesariamente, debimos encontrarnos, por esa similitud de carácter; el choque que de ello resultó nos ha sido recíprocamente fatal”.Entonces, los hombres levantarán poco a poco la cabeza, recobrando valor, para ver a quién habla así, alargando el cuello como el caracol. De pronto, su rostro ardiente, descompuesto, mostrando las más terribles pasiones, gesticulará de tal modo que los lobos tendrán miedo. Se levantarán a la vez como un resorte inmenso. ¡Qué imprecaciones! ¡Qué voces desgarradas! Me han reconocido. He aquí que los animales de la tierra se reúnen con los hombres, haciendo escuchar sus extraños clamores. No más odio recíproco; los dos odios se han vuelto contra el enemigo común: yo. Se aproximan por un asentimiento universal. Vientos que me sostenéis, elevadme más alto aún; temo la perfidia. Sí, desaparezcamos poco a poco de sus ojos… adiós, viejo, y piensa en mí si me leíste. Tú, joven, no te desesperes; porque tienes un amigo en el vampiro, a pesar de tu opinión adversa. Contando el ácaro sarcopte que produce la sarna, tendrás dos amigos.

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