El himno nacional de Vlad Ţepeş

Este es el himno nacional de Rumania. Titulada “Un eco” en un principio, la letra pertenece a Andrei Muresanu (1816-1863), quien fuera un personaje ilustre durante la Revolución de 1848. La música que acompaña la poesía fue compuesta por Anton Pann (1796-1854), hombre prolífico en el arte musical.
Dicho himno fue cantado por vez primera el 29 de junio de 1848, en Râmnicu Vâlcea. Cuando la poesía escrita por Muresanu se convirtió en himno nacional, transformó su nombre, con el título de “¡Despierta, rumano!
Estas son sus estrofas:
¡Despierta, rumano, del profundo sueño
En el que te hundieron los bárbaros tiranos!
Ahora o nunca debes forjarte otro destino
Que admiren incluso tus crueles enemigos.
Ahora o nunca debes mostrar al mundo
Que en tus venas aún hay sangre de romano,
Que nuestro corazón conserva con orgullo
Un nombre que triunfa en lucha, ¡el nombre de Trajano!
Miren, famosas sombras, Miguel, Esteban, Corvino
A la nación rumana que son vuestros bisnietos,
Los brazos llevan armas, la sangre es puro fuego
“¡Vida libre o muerte!” están gritando todos.
La cruz alzan los curas, la hueste en cristiana,
El lema es libertad, que es la meta sacra
¡Antes morir en lucha, en gloria eterna
Que otra vez esclavos en nuestra antigua tierra!
Ustedes quizá se pregunten cuál es la conexión que puede trazarse entre este himno de Rumania y el vampirismo.
Pues bien, aunque este cántico data de una época muy cercana a nuestros días, expresa un sentimiento nacional añejo, que se remonta desde los dacios o getas quienes dieron nombre a la provincia romana de Dacia.
El patriotismo exacerbado de dicho himno refleja el anhelo urgente de un pueblo que clamó, luchó y persiguió la recuperación de sus territorios en manos de “bárbaros tiranos” hasta nuestros días.
Entonces, desde germanos, eslavos y ávaros, enumerando también turcos y húngaros, todos ellos, pretendieron apoderarse de cualquier modo de las tierras rumanas, tomando para tal fin la aculturación abrupta, la cristianización heredada obligatoriamente y la imposición de lenguas extranjeras, ajenas a la lengua romance heredada por naturaleza.
Por esto es que el clamor de libertad escuchado en el himno rumano actual, se aúna con los gritos lanzados por tantos nobles monarcas antiguos, descastados por imposición extranjera, como el caso de Hungría.
Y si nos adentramos aún más en un término de relaciones, Vlad Tepes, nieto de Mircea el viejo, fue destronado, perseguido y ajusticiado en sus intentos por defender el trono que le correspondía por línea de sangre: el trono de Valaquia. Eso si nos atenemos únicamente al recuerdo que de él se conserva hasta el presente en Rumania sobre este noble, considerado un héroe nacional, por haber defendido con su propia vida los intereses rumanos.
Pero, si consideramos también, que, y antes que nada, Vlad Dracul es la fuente de inspiración central de la novela vampírica por antonomasia, Drácula de Bram Stoker, es posible hallar la relación existente entre el himno rumano (arengando a inmensas masas humanas, quitando el miedo a la muerte, uniendo en sentimiento y pensamiento a un pueblo entero) y un hombre de la realeza, que no escatimó fuerzas en conseguir su propósito: extraer la fuerza vital de sus opresores para recuperar la libertad de su pueblo, sin siquiera detenerse a considerar la muerte como un obstáculo.
¿En esto, acaso, no existen puntos que convergen en el idealismo vampírico que expresa su ansia desenfrenada por la fuerza vital ajena y su no temor al impedimento que representaría para cualquier mortal su mismo fenecer?

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Más información:
. Deşteaptă-te, române!

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