Habla DRÁCULA – Fernando Savater (Breve comentario)

Es en este monólogo descriptivo (Habla DRÁCULA – Fernando Savater) donde Savater arguye esa parte poco observada de la psicología del personaje Drácula. Con su inefable tono humorístico-irónico, el filósofo nos acerca una suerte de “verdadera” intencionalidad en el desempeño del príncipe vampiro; lo cual, lejos de rebatir u ocultar su modus operandi terrorífico, le adiciona una caracterología casi humana.
Éste que habla, no es ya un muerto-vivo que se ufana de su condición fenecida únicamente; explica de qué manera dicha posición le ha servido en su adoración inmortal por la vida. No es sino desde la ubicación del bando contrario de una postura cuando fulgura la importancia real de lo puesto como contrincante. No sabríamos de la claridad como tal si la obscuridad no llegara por momentos a eclipsarla; tampoco tendríamos conciencia de cuánto más alto si nunca, en paralelo, colocáramos lo corto.
De tal modo, la boca de Fernando Savater con la pronunciación de Drácula, afirma: “Estoy muerto, desde luego: ¿qué otro medio hay para gozar plenamente de la vida como algo positivo, no como un atropellado sueño que se nos escapa?” (1)
Un exquisito soliloquio nos regala el traductor de Ciorán, el cual demuestra al transcurrir de su obra, esa innegable congruencia taxativa sobre el disfrute al respecto de la vida, como expresaría en Ética de la alegría – Soliloquio a partir de Spinoza:
En el principio está la muerte. No hablo del principio del cosmos, ni siquiera del principio del caos, sino del principio de la conciencia humana. Uno se vuelve humano cuando escucha y asume —nunca del todo, siempre a medias— la certeza de la muerte. Hablo por descontado de la muerte propia y de las muertes que nos son propias, la muerte de la individualidad, es decir, de lo insustituible (la individualidad siempre es la propia, aunque incluya como fases o secciones el puñado de individualidades ajenas que por amor o necesidad son también nuestras): la muerte como lo irreparable. Morir de veras es siempre morirme. Es la pérdida irrevocable de lo que soy, no ese accidente que ocurrió a otros en el pasado «que es estación propicia a la muerte», según acotó irónicamente Borges. Morirme es perderme. Igual que el amor es el gran mecanismo individualizador del alma, que dota a la persona amada de esa aura de unicidad irrepetible que Walter Benjamín atribuyó también a ciertas obras de arte, las muertes de los que amo son algo así como ensayos o aperitivos de la mía, sus aledaños previos. El trasfondo ominoso es siempre, empero, la caída del yo, la fulminación inexplicable del individuo único que amo con amor propio. Inexplicable: imagino, vislumbro, fantaseo,  pero no sé lo que es morir por mucho que la muerte de lo amado me prevenga. No sé lo que es morir pero sé que voy a morirme. Y nada más. En esa certeza oscura se despierta antes o después nuestra conciencia y allí queda pensativa. (2)
No así la de Drácula, que desde la propia finiquitud esboza complacencia eterna ante la constante no conjeturada que enfrenta; una certidumbre, al fin, justificada por ese acontecer confrontado sobre sí mismo: la vida.
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(1) Savater, Fernando;  Criaturas del aire, Taurus, 1979.

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