El gato vampiro de Nabéshima – Barón Algernon Bertram Freeman-Mitford Redesdale

Grabado japonés de época, según un Ôdaké.

Existe una tradición en la familia Nabéshima (1), que dice que, hace algunos años atrás, el Príncipe de Hizen fue hechizado y maldecido por un gato que era propiedad de uno de sus criados. Este príncipe tenía en su casa a una señora de rara belleza, llamada O Toyo; entre todas sus damas era ella la favorita y no había ninguna otra que pudiese rivalizar con sus encantos y habilidades. Un día el soberano salió al jardín con O Toyo y se quedó disfrutando de la fragancia de las flores hasta el ocaso. Cuando volvieron al palacio, no se habían percatado de que estaban siendo seguidos por un gran gato. A continuación y habiéndose separado de su señor, O Toyo se retiró a su habitación y se acostó. A medianoche, se despertó de un sobresalto y descubrió al enorme gato que, agachado, la observaba. Cuando ella gritó, la bestia se le abalanzó y, hundiendo sus crueles dientes en la delicada garganta femenina, la estranguló hasta matarla. ¡Qué lamentable final para una dama justa, la más querida para el corazón del príncipe, morir tan pronto, mordida hasta la muerte por un gato! Entonces el animal, luego de haber arañado (cavado) una tumba debajo de la galería, enterró el cuerpo de O Toyo y, asumiendo su forma (la de la mujer), comenzó a hechizar al príncipe. Pero, mi señor el Príncipe, no conocía nada de todo esto y poco podía suponer que la bella criatura a quien acariciaba, quien también correspondía a su terneza, era una bestia engañadora y asquerosa que había matado a su amante y cambió en su forma con el fin de drenarle la sangre. Día a día, con el paso del tiempo, la fuerza del príncipe disminuyó, el color en su cara fue cambiando, se volvió pálido y lívido; era como un hombre que sufría una enfermedad terminal. Viendo esto, sus consejeros y su esposa se sintieron enormemente alarmados, por lo que convocaron a los médicos, que le prescribieron varios remedios; aunque, por más medicina que tomó, más se agravaba la enfermedad y ningún tratamiento parecía serle provechoso. Lo peor de todo es lo que sufría por las noches, cuando su sueño se agitaba e interrumpía debido a horrorosas pesadillas. Como consecuencia de esto, sus consejeros designaron todas las noches a un centenar de criados para vigilar y cuidar de él; aunque, por extraño que parezca, hacia las diez de la primera noche en que el reloj fue ajustado, los custodios cayeron presa de una repentina e inexplicable somnolencia que no pudieron resistir, hasta que uno por uno, todos los hombres se habían quedado dormidos. Entonces, la impostora O Toyo entró y agobió al soberano hasta la mañana. La noche siguiente, la misma cosa ocurrió y el Príncipe fue sometido a la tiranía del diablillo, mientras que los guardias dormían a su alrededor sin poder hacer nada. Noche tras noche esto ocurrió, hasta que por fin tres de los concejales del príncipe determinaron apostarse ellos mismos para hacer guardia y ver si podían superar aquel sueño misterioso, pero no les fue mejor que a los demás y, a las diez de la noche, estaban dormidos. Al día siguiente, los tres dignatarios celebraron un solemne cónclave, y el principal, Isahaya Buzen, dijo:
– Esto es algo maravilloso, que una guardia de cien hombres pueda ser vencida por el sueño. De seguro, el hechizo que hay sobre mi señor y sobre sus guardias debe ser un trabajo de brujería. Ahora, como todos nuestros esfuerzos no sirven para nada, vamos a buscar a Ruiten, el sumo sacerdote del templo llamado Miyô In, y le rogaremos que se ponga en oración para la recuperación de mi señor.
Y los otros concejales, habiendo aprobado lo que Isahaya Buzen decidió, se dirigieron hasta el sacerdote Ruiten y lo contrataron para recitar letanías que pudieran restaurar la salud del príncipe.
Entonces sucedió que Ruiten, el sumo sacerdote de Miyô In, ofreció plegarias durante toda la noche para el príncipe. Una noche, a la novena hora (medianoche), cuando él hubo concluido con sus ejercicios religiosos y se preparaba para acostarse a dormir, le pareció oír un ruido en el jardín, como si alguien se estuviese lavando en el pozo (aljibe). Estimando que sucedía algo extraño, miró hacia abajo desde la ventana, y allí, bajo la luz de la luna, vio a un apuesto y joven soldado, con (aproximadamente) veinticuatro años, bañándose, quien, cuando terminó de asearse y ponerse su ropa, se detuvo delante de la figura de Buda y oró fervientemente por la recuperación de mi señor, el príncipe. Ruiten observaba con admiración; cuando el joven concluyó con sus rezos, se disponía a marcharse; pero el sacerdote lo interceptó, llamándole:
– Señor, le ruego que se detenga: tengo que decirle algo.
– Al servicio de su reverencia, ¿cuál es el favor que quiere?
– Orar es muy bueno como protección y también lo es mantener una pequeña charla.
– Con el permiso de su reverencia, y con esto salió hacia el piso de arriba.
Entonces. Ruten dijo:
– Señor, no puedo ocultar mi admiración ante usted, ya que, siendo un hombre tan joven, demuestra tener un espíritu leal. Soy Ruiten, el mayor sacerdote de este templo, estoy ocupado en las plegarias por la recuperación de mi señor. Fiel… ¿cómo se llama?
– Mi nombre, señor, es Itô Sôda y estoy sirviendo en la infantería de Nabéshima. Desde que mi señor enfermó, mi único deseo ha sido ayudar con sus cuidados; pero, al ser sólo un simple soldado, no tengo el rango suficiente para acceder hasta su presencia, así es que no me queda más remedio que rezar a los dioses nativos y a Buda para que mi señor pueda recobrar su salud.
Cuando Ruiten oyó eso, derramó lágrimas de admiración por la fidelidad de Itô Sôda, y expresó:
– Su propósito es, en efecto, una cosa muy buena; pero ¡una rara enfermedad es lo que aflige a mi señor! Todas las noches él sufre horribles sueños y los criados que por él velan, caen presa de una misteriosa ensoñación, por lo que ninguno puede mantenerse despierto. ¡Es increíble!
– Sí, replicó Sôda, luego de un momento de reflexión, esto, ciertamente, debe ser brujería. Si pudiera obtener permiso para reunirme una noche con el príncipe, y de buena gana, intentar resistir la somnolencia y detectar al duende…
Por fin, el sacerdote respondió:
– Tengo la amistad de Isahaya Buzen, el consejero principal del príncipe. Voy a hablar con él sobre usted y su lealtad, e intercederé para que pueda alcanzar su deseo.
– De hecho, estoy muy agradecido. No estoy motivado por algún vano pensamiento de ascenso, debo tener éxito: todo lo que deseo es la recuperación de mi señor. Me encomiendo a su amable favor.
– Bien, entonces mañana por la noche lo llevaré conmigo a la casa del concejal.
– Gracias señor, y adiós.
Así de despidieron.
A la noche siguiente, Itô Sôda regresó al templo Miyô In y habiendo encontrado a Ruiten, lo acompañó hasta la casa de Buzen. El sacerdote, dejándolo afuera, se fue a conversar con el consejero y a preguntar por la salud del príncipe.
-En plegaria, señor, ¿cómo está su señoría? ¿Está en mejores condiciones desde que he estado ofreciendo oraciones por él?
– Sinceramente, no; su enfermedad es muy grave. Estamos seguros de que debe ser víctima de algún vil sortilegio, pero como no existe forma de mantener un guardia despierto después de las diez, no podemos entrever al fantasma, entonces estamos en un gran problema.
– Lo siento profundamente por usted, debe ser muy angustioso. Sin embargo, tengo algo que decirle. Creo que he encontrado a un hombre que detectará al duende y lo he traído conmigo…
– ¿De verdad, quién es el hombre?
– Bueno, es uno de los soldados de infantería de mi señor, llamado Itô Sôda, un compañero fiel, y confío en que se le conceda su petición de permitirle velar por mi señor.
– Ciertamente. Es maravilloso encontrar tanta lealtad y celo en un soldado común, respondió Isahaya Buzen.
Pero, después de unos instantes de cavilación, dijo:
– Aún es imposible permitir que un hombre de bajo rango desempeñe el cargo de vigilar a mi señor.
– Es cierto que no es más que un soldado raso, instó el sacerdote, pero… ¿por qué no elevar su rango en consideración a su fidelidad, y luego se le permita montar guardia?
– Sería promovido una vez que mi señor se recupere. Pero… ¡vamos! Déjeme ver a ese Itô Sôda, para que yo sepa qué clase de hombre es. Si me agrada, voy a consultar con los otros consejeros y, tal vez, podamos acceder a su petición.
– Voy a traerlo de inmediato, contestó Ruiten, quien inmediatamente salió en busca del joven.
Cuando retornó, el sacerdote le presentó a Sôda al concejal, quien lo observó con atención y, después de quedar satisfecho por la buena apariencia del hombre, expresó:
– He oído que se halla ansioso porque se le permita montar guardia en la habitación de mi señor esta noche. Debo consultar con los otros concejales y veremos qué se puede hacer por usted.
Cuando el oficial escuchó la respuesta, se puso eufórico, y se despidió luego de agradecer calurosamente a Buiten, quien le había ayudado a alcanzar su objetivo. Al día siguiente, los consejeros se reunieron y enviaron a buscar a Itô Sôda. Él les dijo que podía vigilar a los demás criados esa misma noche. Salió de muy buen humor, y, al caer la noche, después de haber hecho todos los preparativos, tomó su lugar entre el centenar de caballeros que se encontraban al servicio del príncipe en la alcoba.
Ahora, el soberano dormía en el centro de la habitación; los guardias a su alrededor se mantenían despiertos compartiendo una conversación amena, a la vez que departían agradables banalidades. Aunque, cuando se acercó la décima hora, comenzaron a dormirse sentados y, a pesar de todos los esfuerzos para mantenerse alertas unos a otros, poco a poco todos se adormecieron. Itô Sôda, durante ese lapso, sentía un irresistible deseo de dormir que pendía sobre él. Aun, intentando por todo tipo de maneras despertarse a sí mismo, vio que no podía hacer nada. Debería recurrir a una medida extrema, la cual ya había previsto. Extrajo un trozo de papel aceitado que traía consigo, y extendiéndolo sobre las esteras, se sentó encima. Entonces, tomó el cuchillo que llevaba en una funda y lo hundió en su propio muslo. Por unos instantes, el dolor de la herida lo mantuvo despierto, pero, como el sueño por el que estaba siendo atacado se debía a un trabajo de hechicería, lentamente se amodorró de nuevo. Entonces, retorció el cuchillo en su pierna. El dolor llegó a ser tan agudo que, de ese modo, se probaba a sí mismo contra la sensación de somnolencia. Así se mantuvo en fiel vigilancia. El papel con aceite que él había extendido debajo de sus piernas era para prevenir la sangre que podría brotar de la herida, profanando las esteras (alfombras).
De ese modo, Itô Soda perseveró despierto, aunque el resto de los sirvientes durmieran. Mientras vigilaba, de pronto, vio que las puertas corredizas de la habitación del príncipe se abrían. Miró a una figura con sigilo; a medida que ésta se acercaba, tal forma se transformaba en una mujer maravillosamente bella de unos veintitrés años. Cautelosa, miró a su alrededor, y cuando vio que toda la guardia estaba durmiendo, sonrió con una mueca siniestra, mientras se acercaba a la cabecera del soberano. Cuando ella percibió que en un rincón de la habitación había un hombre todavía despierto, pareció asustarse, pero se acercó a Sôda, diciendo:
– No estoy acostumbrada a verlo aquí. ¿Quién es usted?
– Mi nombre es Itô Sôda y esta es la primera noche en que cumplo guardia.
– Una ocupación molesta ¡realmente!, porque, en este lugar, está todo el resto de la guardia dormida. ¿Cómo es que usted solo está despierto? Es un vigilante de confianza.
– No hay nada de qué jactarse. Rápidamente estoy dormido.
– ¿Y esa herida en su rodilla? Está todo rojo por la sangre.
– ¡Oh! me sentía muy somnoliento, así es que introduje mi cuchillo en el muslo y el dolor me ha mantenido despierto.
– ¡Qué lealtad maravillosa!, dijo la señora.
– ¿No es el deber de un siervo dar la vida por su amo? ¿Posee este rasguño el mismo valor?
Fue cuando la mujer se acercó hasta el príncipe durmiente y dijo:
– ¿Cómo está mi señor esta noche?
Pero el príncipe, agotado por la enfermedad no respondió.
Sôda observaba ávido y supuso que se trataba de O Toyo. Decidió que si ella trataba de hostigar al príncipe, la mataría en el acto. Asimismo, el duende el cual con la figura de O Toyo había estado atormentando al gobernante cada noche y había vuelto ahora sin ningún propósito, fue derrotado por la vigilancia de Itô Soda, ya que, cada vez que se acercaba hasta el enfermo para lanzar sus hechizos sobre él, giraba y veía detrás de ella a Soda mirándola, por lo que no tuvo otro camino que irse, sin molestar al príncipe.
Por fin, al romper el día, cuando los otros oficiales despertaron y abrieron sus ojos, vieron que Itô Sôda se había mantenido despierto por haberse lastimado el muslo, se avergonzaron profundamente y se retiraron a sus casas cabizbajos.
Esa mañana el vigilante fue hasta la morada de Isahaya Buzen y le contó todo lo que había ocurrido la noche anterior. Los consejeros, alborotados en sus alabanzas hacia el desempeño de Itô Sôda, le ordenaron que velara de nuevo por la noche. A la misma hora, la falsa O Toyo se acercó y revisó toda la habitación real. Toda la guardia estaba dormida, con excepción de Sôda. Entonces, sintiéndose frustrada, volvió a sus apartamentos.
Debido a que el fiel oficial había estado montando vigilancia, el príncipe había pasado noches tranquilas; la enfermedad había comenzado a ceder y se había instalado una sensación de gozo en el palacio. Por esto, Sôda fue ascendido y recompensado con un estado. Mientras tanto, O Toyo viendo que sus visitas nocturnas no daban frutos, se mantuvo alejada y, en lo sucesivo, las noches de los guardas ya no estuvieron sujetas a ataques de somnolencia. Esta coincidencia le pareció muy extraña a Sôda, así que fue a Isahaya Buzen y le dijo que creía con certeza que O Toyo era el duende. Buzen, reflexivo, respondió:
– Bien, entonces ¿cómo mataremos a esa horripilante cosa?
– Voy a ir a la habitación de la criatura, como si nada sucediera, e intentaré matarla. En el caso de que ella pretenda escapar, le ruego que apueste ocho hombres fuera para que estén al acecho y puedan detenerla.
Una vez que fue acordado ese plan, Sôda, al caer la noche, se dirigió hacia las habitaciones de O Toyo, fingiendo haber sido enviado con un mensaje del príncipe. Cuando ella lo vio llegar, inquirió:
– ¿Qué mensaje me has traído de mi señor?
– ¡Oh!, nada en particular. Sólo buscarla para mirar esta carta.
Durante el transcurso de la charla, se acercó a la mujer, y rápidamente, sacó su cuchillo para herirla pero, el duende saltó hacia atrás y se apoderó de una alabarda. Miró feroz a Sôda y le dijo:
– ¿Cómo se atreve a comportarse de esta manera con una de las damas de su señor? Voy a tener que desaprobarlo, e intentó agredir a Sôda con la lanza.
El guardia luchó desesperadamente con su daga, y el fantasma, al ver que no era un rival digno para él, arrojó la alabarda. De hermosa mujer se transformó, de pronto, en un gato, el cual, brincando por las paredes del cuarto, saltó hasta salir por el techo. Isahaya Buzen y sus ocho hombres, quienes vigilaban fuera, dispararon al animal, pero fallaron; entonces, la bestia se escapó tras una buena fuga.
Así fue como el gato huyó a las montañas e hizo mucho daño entre los pobladores cercanos, hasta que el Príncipe de Hizen ordenó una gran cacería y la bestia fue aniquilada.
El soberano se recuperó de la enfermedad que padecía e Itô Sôda fue recompensado con generosidad.

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Notas:

(1) La familia del Príncipe de Hizen, uno de los dieciocho daimyō principales de Japón.

Datos de la ilustración:

Algernon Bertram Freeman-Mitford afirma que los grabados que ilustran su informe Tales of Old Japan (Cuentos del Japón antiguo), son obra de auténticos artistas orientales, que por tradición se los llama Ôdaké. Estas estampas forjadas sobre madera, dice el autor, detentan en su exquisitez las mismas condiciones en la labor técnica que los grabados de Albrecht Dürer y sus contemporáneos. No menciona con detalle, lamentablemente, el nombre del artista.

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Traducción:

Gabriela C. R. Córdoba para Murtuus in Anima Curam Gero Cutis, Convención vampirológica.
Sobre la obra digitalizada por The Project Gutenberg eBook, edición de 1910, Tales of Old Japan, by Algernon Bertram Freeman-Mitford.

Puede descargar este cuento traducido desde la página de documentos de MIACGC, Convención vampirológica, en Scribd.

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Información sobre Copyright de la traducción:

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