Le vampire passif – Ghérasim Luca

Comme le funambule à son ombrelle je m’accroche

à mon propre déséquilibre.

Tapa original del libro

Es 1945. Rumania enfrenta los embates de la Segunda Guerra Mundial. Obligado a firmar el Pacto Tripartito, el país debe aliarse a la Alemania nazi en contra de la URSS. El malestar generalizado, sumado a las bajas en el frente de batalla, instala en la población un hondo descontento que tampoco es ajeno a la elite de intelectuales. Ghérasim Luca, enlistado en el Grupo Rumano Surrealista (1940-1947) confronta esa desazón y adopta un compromiso artístico clandestino, aunque por demás activo, a pesar de las hostilidades de la guerra.
En compañía de Trost, elabora el texto clave para la corriente surrealista de la Europa del este: Dialectique de la dialectique. Algunos de los propósitos estéticos que el libro proponía, incluían una reinvención de la imaginación surrealista, la aproximación crítica a los sueños, erotizar al proletariado y re evaluar los postulados del surrealismo a través de la negación de la negación.
El mundo, para Luca, ha basado su mal desempeño discursivo en los comportamientos sociales; el núcleo familiar se visualiza corrompido, por tanto, no puede demostrar una coherencia real entre actos y pensamientos, ni exponerla ni heredarla. Se hace extremadamente necesario, desde una parafernalia artística neutral, desaparecer las huellas edípicas de la conducta humana.
Cabe aclarar, en esta ocasión, la noción psicológica de Edipo. Se refiere a las pulsiones eróticas que acontecen en la infancia (independientemente del género, en niño o niña se presenta), durante el periodo de la fase fálica. Los adultos cercanos se convierten en los receptores de dichas pulsiones y no pueden contenerlas (en esta inutilidad se apoya Luca para elaborar su manifiesto). En la edad adulta la concepción de Edipo se asocia a los trastornos neuróticos que el ser padezca, una vuelta a la falta de control sobre el estímulo sexual de la niñez.
Luca y Trost postulan en Dialectique de la dialectique un jucio antiedípico del sueño. Se le cuestiona a los grandes maestros de la psicología, Freud y Lacan, haber deshecho la brecha que conectaba las manifestaciones del ensueño con el mundo exterior, desenlazar su similitud con las expresiones del delirio; en suma, el divorcio que existe a la hora de intentar descifrar los momentos del dormir (cualquier asociación preconsciente que se “escape” de la somnolencia), con aquellas rememoraciones lúcidas durante los estados de vigilia. Ahora bien, Gilles Deleuze junto a otros autores en El anti Edipo: Capitalismo y esquizofrenia, afirma que:

Semejantes aproximaciones de las máquinas deseantes no nos las proporcionan los objetos surrealistas, epifanías teatrales o gadgets edípicos, que no funcionan más que introduciendo en ellos asociaciones -en efecto el surrealismo fue una vasta empresa de edipización de los movimientos precedentes-.

Como fuere, tal vez las aserciones anteriores no están teniendo en cuenta que, como el creador de Le vampire passif escribe, la idea primordial es descubrirle alguna posibilidad asible al discurso viciado popio (nótese de qué modo el surrealismo rompe con las estructuras sintácticas, coloca voces tartamudas en la literatura escrita, entrona monstruos como paladines del subconsciente).
Dice Ghérasim Luca:

Las pocas experiencias en que he hecho contacto obsesivo y delirante con ciertos objetos, irresistiblemente atraído a la determinación de la casualidad que conduce a su encuentro o confección, me dio la ocasión de encontrar un nuevo objeto de conocimiento, que se sumó a la serie de objetos conocidos (onírica, una función simbólica, real y virtual, móvil y muda, fantasma, ya hecha) una nueva posibilidad objetiva de resolver dialécticamente el conflicto entre el mundo interior y el exterior, cuyas pruebas/ensayos, como su primer manifiesto, el movimiento surrealista se convirtió en una razón de ser. Partiendo de un juego con un personaje megalómano pronunciado, con el que, con mis amigos, encontré una manifestación simbólica contrastante con una manía general de persecución, pude conocer un nuevo objeto lanzado por el deseo que arroja sobre la vida interior del hombre una luz fascinante y terrible. El juego consistía en un interiorismo recíproco, que nos ofrecía a la vez el placer de decorar y ser decorado, placer que el pensionista del “Hospital central de Enfermedades Mentales”, que nos ha servido de ejemplo, había hecho mediante los medios incompletos de la auto decoración. La confección de estas decoraciones coincide con la aparición del primer objeto objetivamente ofertado (O.O.O.). Por supuesto, el acto de decorar y el móvil psíquico limitado que se le une, carecen de importancia, dado el número ilimitado de motivos psíquicos que se conecta a la ley de la oferta. El objeto ofrecido se sirve de la decoración como punto fijo de partida para desarrollarse en toda su complejidad móvil y múltiple.
Para que un objeto encontrado o fabricado pueda transformarse en objeto disponible y pueda cambiar su capacidad, de acuerdo a las nuevas relaciones que se establecen en la vida interior del individuo que busca en sí mismo y fuera un nuevo equilibrio, el pretexto que se utiliza en esa transformación debe tener un valor interpretativo siempre nulo, o al menos muy restringido. La oferta de un objeto se sirve de un pretexto de la decoración o de las felicitaciones, o de todo otro accidente exterior y ocasional, como una decoración, todo como en la vida manifiesta el ensueño los restos diurnos y los accidentes de excitaciones interiores y exteriores asignadas a la parte del sueño sin valor interpretativo en el que se desarrolla la acción. Sólo se mantiene tan vital, decisivo y determinante en el sueño como en el acto de la oferta de un objeto, un deseo que busca realización sintomática en el interior de este decorado-pretexto, en vista de su transformación urgente en realidad del deseo.
Pero esta semejanza técnica entre la elaboración del sueño y el objeto ofrecido no es única. La fabricación de los objetos y su oferta en una persona rigurosamente determinada por la naturaleza simbólica de sus objetos establece entre los hombres relaciones fundadas en un inconsciente colectivo que, hasta ahora, sólo el sueño fue capaz de fijar un dispositivo conveniente común a todos. A su vez la poesía, que se propone una vez con Lautréamont en anticipar esta fase sumamente lírica, pone a nuestro alcance los esquemas automáticos de este aparato. El objeto que se ofrece permite introducir este inconsciente colectivo activo en las relaciones diurnas y directas entre los hombres; relaciones que, bajo el trabajo de interpretación más elemental, se mostrarían igual o más subversivas, extrañas y reveladoras que las del sueño.

El artefacto que expande la idea de vampiro para Ghérasim Luca

Con estas reglas como valuarte, Le vampire passif ve la luz gracias a Éditions de l’Oubli, una editorial francesa falsa cita en París, en 1945 (las impresiones fueron realizadas en Bucarest). El libro fue anunciado con una tirada inicial de 460 ejemplares a la que se le añadían 41 copias publicadas bajo edición de lujo (tipo especial de edición en la que el libro destaca por los materiales utilizados en su fabricación, como pueden ser cubiertas de cuero, seda o papel especial). Quizás por eso sea tan difícil comprar un re edición de la obra en la actualidad.
Internalizando su contenido, el vampiro de Ghérasim Luca no puede asociarse al modelo folclórico común venido desde las tradiciones en Europa del este. Pero sí puede emparentárselo con el engendro gótico del que habla Lautréamont en sus Cantos de Maldoror. Un ansia inaprensible lo domina, misma que lo lleva a focalizar su imposibilidad en los objetos que le rodean y, que a su vez, le instigan, entreteniéndole su completa saciedad.
Entonces, para ese tono anémico del discurso, se opondrá una cuasi oralidad objetable, que acompañará a la palabra escrita con imágenes que no sólo complementen el lenguaje, sino que también restablezcan los vínculos con las capas más profusas y recónditas del pensamiento.
A continuación un fragmento, traducido del inglés por nosotros:

¿Cuántas veces he pensado en ti, devoto del cabello, parado en la estación de metro Trocadéro , a las seis de la tarde, con un par de tijeras pegándose a tu mano como una erección, esperando a las alumnas con sus largas trenzas ¿Por qué estas tijeras y los cabellos ocultos bajo tu camisa me hacen pensar en un casual lugar de encuentro en Maldoror: la mesa de disección? ¿Por qué pasa esa mujer-objeto, con el corazón como una glacial pizca de ectoplasma, con su piel diáfana a través de la cual el viento y las pipetas atestadas de vampiros pasivos, soplan? ¿Por qué colocar esta sombra sólida en una mesa de disección como si estuviese a los pies de la mujer más espléndida?
¿Cómo podría, de otra manera, revelar la mentirosa confusión sadomasoquista que yace en las profundidades de mi ser, activa y pasiva; cómo la idea de una herida, provocativa y provocada al igual que la blancura que brota de un espectro solar? Y mi gran, mi supremo deseo de derramar sangre, zambullirme en un baño de sangre, beberla, respirarla… ¿cómo podría comprender este deseo sin el sacrificio que por ella estoy dispuesto a hacer? Y cada vez más amplia, cada vez más seno misteriosamente maternal que, con exactitud matemática, dirige todos nuestros gestos… ¿cuánto más cerca de nosotros está con cada gota de sangre derramada? Y el guapo vampiro, más pálido que una carta, los ojos cerrados, con sus mechones arrojados sobre los hombros, echados alrededor de su espada, chupando con frenesí. Los saltos hacia adelante y hacia atrás que hace son en soledad, cual un bloque de hielo; anuncia el pasado y revela el futuro, lanza hacia el mundo una luz espectral, tenebrosa luminiscencia.
Cierro mis ojos, tan activo como un vampiro; los abro dentro mío, tan pasivo como el mismo, y entre la sangre que llega, la sangre que sale y la que hay dentro de mí, ocurre un intercambio de imágenes como un convenio de puñales. Ahora me comería un piano, le dispararía a una mesa, inhalaría una escalera. Todas las extremidades de mi cuerpo tienen orificios de los que nace el esqueleto del piano, la mesa, la escalera, y por vez primera este ordinario -por lo tanto no existente- objeto puede existir.

Gabriela Córdoba

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Bibliografía:

– Luca, Ghérasim; The Passive Vampire with an introduction on the objetively offered object, translated and introduced by Krzysztof Fijalkowski; Twisted Spoon Press, Praga, 2008.

– Deleuze, Gilles; El Anti Edipo: Capitalismo y esquizofrenia; Editorial Paidós, 1985.

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