Ehéie, la vampiresa*

Historia indígenas argentinos, acrílico por Juan Carlos Guzman.

Ehéie era una jovencita muy linda que, cierta vez, se fue por el monte con la menstruación. Y en aquel tiempo, al igual que ahora, mientras se tiene la regla es costumbre quedarse en la aldea.
Sin embargo, ella salió lo mismo y no se dio cuenta que le entró un cuero de culebra en la ura (1), dejándola preñada (2). Así crecieron muchas víboras en su panza. Algunas eran culebras, pero por el entrevero con la sangre menstrual, otras tuvieron veneno.
Por ser muy gorda, cautivadora y linda, Ehéie gustaba a todos los hombres y todos deseaban culearla (3), pero ni bien alguno la penetraba, las víboras le picaban el pingo (4). Y a la hora de levantarse, ella le preguntaba:
– ¿Qué pasa con usted que sigue acostado?
Pero el hombre quedaba tendido y ella, entonces, lo tapaba. Poco después, los cuñados averiguaban:
– ¿Adónde está tu marido?
– Ahí dentro, todavía está durmiendo.
Sin embargo, cuando iban a despertarlo, se percataban de que estaba muerto:
– ¿Qué pasa, Ehéie? ¿Qué has hecho? Parece que los has liquidado…
– No, yo también quise despertarlo y no pude. ¡No sé qué tendrá!
Y así, todo hombre que se juntara con ella duraba sólo una noche, y por la mañana, la gente veía que se le había acabado la vida.
Al día siguiente un cuñado tenía que casarse con ella, porque siendo la esposa del hermano que había muerto, algún anciano siempre aconsejaba:
– Es preferible que la viuda no se vaya a otra toldería (5). Mejor se la damos a otro muchacho de ésta.
Claro que para peor todos los jóvenes la deseaban ardorosamente, porque era muy atractiva, más que las otras mujeres… Entonces Ehéie fue pasando de uno a otro, aunque siempre ocurría lo mismo: los hombres que culeaban con ella morían, morían y morían. Y así, hasta que fueron muchísimos y sin que se supiera qué pasaba con ella.
En eso, la gente de esa toldería se acordó de Ahóusa, el Dios-Carancho, y le envió un mensajero:
– ¿Por qué no le avisa para que averigüe qué pasa con esta mujer?
– Vamos a ver si yo puedo hacer algo, pero ¿qué pasa?
– Qué pasa no sé, sólo sé que cuando un hombre quiere culearla, hay algo que le pica el pingo.
– ¡Ajá! No sé qué será, aunque lo mataré. ¡Vamos para allá!
Entonces, como es costumbre cuando un hombre se quiere juntar, Ahóusa fue a visitarla:
– Vine porque me gustaría que fuera mi esposa.
– Bueno, está bien.
¡Contenta estaba ella! Y Ahóusa todavía no había descubierto de dónde venía el problema; por si acaso, a la nochecita preparó un pedazo de caña hueca y se lo puso en el pingo.
Cuando se echó junto a Ehéie sintió unas cosas que se le movían dentro de toda la panza. Sorprendido, empezó a penetrarla y ni bien tocó el fondo de la vagina sintió una mordida muy fuerte en la caña. Recién ahí se dio cuenta que eran víboras:
– ¡Ah, con razón que murieron todos los jóvenes que se juntaron con ella! ¡Ese había sido el peligro!
Ehéie estaba todo el tiempo adentro de la casa porque las viudas recientes no pueden salir y a ella que se le moría un marido por noche, más vergüenza le daba.
Después de mucho pensar sobre la manera de acabar con ese peligro, Ahóusa fue casa por casa a hablar con los jóvenes:
– La llevaré a esa lagunita rodeada de pastizales. Cuando el sol esté alto, y corra mucho viento norte, habrá que prender fuego a esos pastos. Y usted, Miyóki, que silba bien fuerte, tendrá que silbar cuando estén por quemarse alrededor de la laguna.
Entonces volvió a la casa para convencer a la viuda:
– ¿No sería mejor que fuéramos a bañarnos a esa lagunita?
– No tengo ganas.
– ¡No está bien que a un hombre casado no lo acompañe su esposa!
Al final le ganó con sus palabras y se fueron. A orillas de la laguna, apoyó la cabeza en el regazo de Ehéie y ella, confiada, empezó a sacarle los piojos, como acostumbraban los enamorados.
Los jóvenes, mientras tanto, desde los alrededores de la laguna, habían comenzado a quemar esos pastos.
De repente, Ehéie vio humo y tuvo miedo:
– ¡Mire! ¿No estarán quemando alrededor de esta parte?
– No se aflija, deben ser los changos (6) que siempre van a buscar ranas por ahí.
Tranquilizada, volvió a matarle los piojos, pero al ver que el incendio los estaba rodeando, empezó a gritar.
– No se preocupe, yo sé dónde están quemando. ¡Es en otra parte!
Cuando el círculo de fuego estaba por cerrarse, Miyóki, el Gavilán, silbó fuerte.
Ahóusa le pidió al fuego que se detuviera un poco para dejarlo pasar. Aunque se demoraron algo, las llamas alcanzaron el pelo de su nuca y ésa es la seña que Ahóusa dejó hasta hoy día en el carancho: la nuca desplumada.
Cuando el incendio llegó junto a Ehéie, ella y las víboras que tenía en la panza gritaron afligidas:
– ¡Aum, aum, aum!
Y cuando el fuego le reventó la panza, ella y algunas víboras murieron quemadas; en cambio, las que alcanzaron a esconderse en la laguna, se salvaron.
Una vez que sólo hubo humo y cenizas, Ahóusa regresó para removerlas con un palo, y en eso, vio algo que se movía:
– De ahora en más chuparé la sangre de la gente. ¡Seré malísima! Saldré únicamente de noche y todos me tendrán miedo. Ya no seré la mujer llamada Ehéie, seré ehéie, el vampiro.

Kasókchi i-lánek

* Chase-Sardi, Miguel; Siffredi, Alejandra; Cordeu, Edgardo. El gateo de los nuestros. Narrativa erótica indígena del Gran Chaco. Ediciones del Sol, 2006. p. 135-138.

————–

Alejandra Siffredi (antropóloga italiana, es, también, investigadora del CONICET y doctora en Filosofía y Letras), se ocupa del apartado correspondiente a la etnia chorote en El gateo de los nuestros. El mito de Ehéie le es narrado por el anciano Kasókchi i-lánek, cabecilla de la tribu encargado de mantener los registros orales a través del transcurso del tiempo.
Gatear, explica la letrada, para estas antiguas comunidades aborígenes argentinas, asentadas en la región nordeste, posee un significado similar a mantener relaciones sexuales. Aunque no de un modo convenido. El verbo connota el disimulo que agazapa los intentos violentos y de sometimiento por parte de los invasores mestizos para con las mujeres nativas.
De tal suerte es como la creencia en el vampiro chorote trasciende las franjas del lenguaje hablado sólo dentro del clan chaqueño y arriba hasta el valioso registro textual discursivo que presenta este libro.
Algunos detalles suman al mito los carices narrativos necesarios para comprender mejor los sucesos que devienen en la transformación de la bella mujer.

————–

(1) Ura: Argentina y Uruguay, f. en lenguaje vulgar vagina.
(2) Preñada: ineludible el valor humillante del adjetivo aquí: se preña un animal, se embaraza una mujer.
(3) Culear “culiar”: Argentina, expresión coloquial para ayuntar, amancebar, coger. Se relaciona al modo de práctica de la sexualidad vinculado con la violencia. La alusión al abuso puede notarse fácilmente.
(4) Pingo: pene.
(5) Toldería: sinónimo de tribu, también deriva de la costumbre de extender toldos a fin de brindar sombra.
(6) Changos: Adolescente, muchacho, niño que presta servicios en la casa y para mandados fuera de ella.

Una respuesta a “Ehéie, la vampiresa*

  1. Pingback: Vampiros en la mitología argentina « MIACGC·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s