La Condesa vampiro (leyenda)

La dama blanca de Baden (La dame blanche de Baden)

Hacia finales de enero de 1852, el Gran Duque de Bade, Léopold, cae postrado por causa de un ataque de gota. El séquito de médicos que acompaña al noble asegura que su condición no es peligrosa, a pesar del escandaloso alboroto que manifiestan servidumbre y aristócratas en la corte. Tal es la alerta, que comienzan a circular libelos en los cuales se informa a los aldeanos que, en realidad, el duque nunca se recuperó de la crisis, por tanto ya estaba muerto, o que el malogrado estado de salud en el que se hallaba hacía que galenos y familiares estuviesen preparando un duelo con todas las honras.
Mientras tanto, en castillo, los facultativos atronaban su impotencia “¡Es una locura, la gota nunca ha matado a alguno!”, inferencia que contradecía el vulgo al afirmar “Algo inevitable, puesto que la Dama Blanca se presentó en la fortaleza”. A lo que replicaban los médicos “¿La Dama Blanca, un fantasma, presta aparición del mal, en pleno final de este siglo científico. Se presentó al mismo tiempo en que el ferrocarril entraba en la ciudad..?”.
Y argumentadas estaban las sospechas de la plebe: en el palacio de Léopold existía un retrato de la difunta mujer, que en años anteriores los ancestros del duque habían mandado ocultar en el fondo de un almacén porque creían que causaba, al contemplarlo, mal de ojos. Se la refería como una mujer de belleza admirable y, aunque pálida, con una gracia encantadora. su mirada contenía una fuerza magnética, continuaban los plebeyos, la suficiente como para sostener su macabro porte marmóreo.
En busca de garantizar la historia que era narrada a los doctores, los bardos del grupo rememoraron los acontecimientos que llevaron a un joven de Baden a perder a toda su familia y posesiones.
El mancebo era reconocido en la comunidad por ser inteligente y muy apuesto, pero prontamente nació en él el ansia por visitar tierras lejanas y adquirir toda la sapiencia que albergaran los hombres de otros confines.
Entonces, avenido con sus padres, partió hacia Dinamarca. Por extensos territorios anduvo e intenso fue el cansancio, por ende, que lo rebasó. Una noche, apremiado por la necesidad de acertar con un lugar que le brindara algo de hospitalidad, se dirigió hasta un castillo cercano. En la terraza de éste, la atractiva condesa Olamünde, aguardaba…

El francés y el doctor viendo el retrato de la Dama Blanca (ilustración).

Al ver a la dama aderezada bajo la puesta de sol, el muchacho sintió que una voz interna le decía “Ella te está buscando”. La melancolía que antaño sintiera, concluyó, se debía a la ociosidad con la que había aprisionado su corazón durante tanto tiempo.
La mujer lo hospeda y le cuenta su historia. Es una viuda joven, con dos hijos pequeños y aunque posea derechos hereditarios sobre la corona de Dinamarca, debe mantenerse alejada del trono.
Durante muchos días, el muchacho de Baden escucha los anhelos de la condesa, hipnotizado por su fulgurante mirada, y le propone viajar con él hasta el poblado de su infancia para casarse con ella, de tal suerte que la esbelta señora lo acepta.
La feliz pareja se separa y el joven regresa al ducado. Una vez alistados los preparativos para la gran celebración, decide ir en busca de la mujer. Cruza los límites de la frontera al galope, en ruta hacia el norte. Su única brújula son los ojos de Olamünde.
A una legua de castillo, el mayordomo, que antes conociera como remilgado asistente, esta vez acéfalo, lo cruza. Oscuros presagios abarrotan la mente del caballero: “¿Dónde está la condesa?” pregunta, para lo que la cabeza debajo del brazo susurra “Espera”.
Infligiendo imperioso trote a su corcel, el joven llega hasta la residencia de Olamünde. Sube las escaleras y escudriña cada habitación sin encontrarla. En el aposento que una vez ambos compartieran, la descubre, agazapada detrás de cortinas y persianas bajas.
Cuando Olamünde le ve, se avalanza contra él y le asegura que se curará y que con suma prontitud, si es que verdaderamente la ama, abandonen el castillo.
Así, llegan los amantes hasta el caballo, pero cuando el joven se dispone a tomar las riendas, un glacial pensamiento se entrecruza: “¿Por qué no llevamos a tus hijos, Olamünde?”. Es cuando ella le hace frente y responde “¿No me dijiste, acaso, que tus ojos nunca podrían tolerar la felicidad?”.
Atribulado por el horror que le provoca la confirmación de que ella mató a sus dos pequeños, sube a su corcel y corre. Estertóreos gritos acompañan al hombre, entretanto una desmesurada mano femenina intenta derribarlo: “Hay, a pesar de ti, un pacto de sangre entre nosotros. ¡Soy tuya para siempre!”.
Infructuoso fue el empeño de los padres del muchacho por reanimarlo, una vez que hubo retornado a Baden. Pocos días antes de fenecer, envió a un heraldo para que localizara el retrato de la Dama Blanca. Cuando el servidor lo obtuvo, las criadas lo colocaron a la diestra de su mesa de noche y antes de perecer, confirmó a todos que la señora lo había visitado.
Al igual que el mozo enamorado, el Duque Léopold distinguió tres veces a la Dama Blanca y murió, a pesar de los vaticinios esperanzadores de sus médicos, en el mes de abril de 1852.
¡Sin mentir, en Baden, ésta es una leyenda nacional!*

Los más polifacéticos folcloristas concuerdan en que la leyenda de la dama blanca (la dame blanche) se encuentra presente en prácticamente todas las tradiciones mundiales. Asociada con la brujería y la adivinación, esta mujer de ascendencia noble -condicio sine qua non- vaga por senderos y bosques al encuentro con algún viajero.
Por lo general, se le ha asignado el rol benéfico de pitonisa, pues advierte riesgos dañinos cuando en fantasmagorías se la puede ver. No obstante, en la leyenda que rescatamos de Louis Ulbach, el predominio femenino reside en su aspecto agorero, la represalia iracunda que descarga encima del amante y su desalmada impiedad ante los hijos al punto de aniquilarlos. Señales éstas que también pueden notarse en gran parte de la narrativa sobre vampiros.

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* Traducción poco rigurosa de La dame blanche de Baden, en Les secrets du diable de Louis Ulbach (1858).

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