Strigoaică, strega, estirge… ¡bruja-vampiro!

El folclore rumano confirió en anteriores siglos extrema importancia a los vampiros femeninos. Si para el género masculino se empleó la palabra strigoi, en el caso en el que son las féminas (propulsoras del aniquilamiento de la vida en un ser vivo mediante la succión de su fluido vital) se utiliza el vocablo strigoaică.

Parece ser que, además, invisten características bien diferenciadas de un strigoi. Como su par mitológico greco-romano, la lamia (o estirge), puede ser más cruel que su compañero, es necrófaga, se transforma polimórfica en pos de atraer a sus víctimas y es parte del atrio fantasmal de deidades que personifican la Muerte, todo momento en que se le acusa también de la práctica ritual de obrar brujería. Una vez más, es el siglo XIX el que nos concede un atiborrado préstamo literario en referencia a estas brujas vampiro. Domenico Comparetti en Canti e Racconti del Popolo Italiano (1875), recopila varias narraciones populares entre las que se dispone una que habla sobre estas sanguijuelas: El hijo del rey, embrujado. Una interpretación aproximada de tal tradición que bajo ningún punto de vista podría clasificarse como traducción rigurosa es la que sigue:

Tres atractivas hermanas, de las mujeres más bellas que jamás se hubiesen conocido en la región, conocen a un muchacho. Éste, enamorado irremediablemente, hace el amor con una de ellas, a pesar de recibir las advertencias de sus allegados de que eran brujas. Tanto le insistieron los cercanos que quiso comprobarlo. Entonces se dirigió a la casa de las jóvenes una tarde y al llegar dijo a su preferida: “Disculpa si he llegado tarde, porque hoy tuve mucho que hacer, y tengo un sueño que ya no puedo estar en pie…”. Conversó con buen ánimo durante un rato hasta que lentamente fue cayendo dormido, mientras las hermanas permanecían en silencio para no interrumpirlo.

Hexenritt (1870), por Gustav Spangenberg

Sin embargo, al dar las once de la noche, se prepararon para salir a la intemperie a bailar debajo de un nogal. Dispusieron azufre encendido y lo colocaron debajo de la nariz del mozo, quien no las escuchó pues parecía estar cautivado por un sueño profundo. A propósito, más tarde, acometieron todo tipo de sonidos ruidosos para constatar si el hombre se despertaba y, como vieron que no surtía efecto y él permanecía quieto, tomaron un pote de pomada y untándose, invocaron: “Ungüento, ungüento, haznos andar tres veces más rápido que el viento…”, para rápidamente montar sobre pipistrellos [murciélagos en italiano] y dirigirse al norte. Cuando el mancebo despertó y se confrontó con la incapacidad de poder realizar cualquier movimiento, se creyó muerto. Al no ocurrírsele ninguna idea para revertir la inmovilidad que lo aquejaba, decidió esperar que las mujeres regresaran y, observándolas, descubrir qué le había sucedido. Resultó que a las tres de la madrugada las brujas [streghe] retornaron al hogar con la apariencia de murciélagos aún. Presurosa maldición efectuaron y volvieron a recuperar las formas femeninas que antes habían poseído. Seguido, cavilaron en despertar al muchacho, quien fingía mantenerse en somnolencia todavía, pero… ¡para qué! la tarea era tiempo perdido. Iban a preparar a la sazón la cena cuando la bruja [strega] más envejecida comentó: “Hagamos una papilla con la sangre del hijo del rey y comámosla, de lo contrario, alguien puede pillarnos. Si aquel pobre chico pudiera alimentarse también con ella, se curaría, pero no puede, y no trascurre un día sin que se lo vea estático y extendido, frío como una piedra”. Oyéndole decir esa maldad, el mancebo aparentó desperezar y todas lo saludaron: “Ya que eres un dormilón, come, ¡y mucho!, por el largo tiempo que has dormido…”. Pero él no probó la papilla, sino que simuló hacerlo. Al amanecer, regresó a su pueblo. Allí, se enteró de que el hijo del rey había estado a punto de morir. Fue hasta la ventana del padre y comenzó a gritar: “¡Quien desee aliviar todo mal, yo tengo el remedio!”. Una sirvienta de la reina, que lo había oído, fue a dar aviso a su señora: “Majestad, en la ventana se halla un mozo que cura todos los males. Llamémoslo para que sane al príncipe”. Y así hicieron y el hijo del rey, al comer aquella papilla hecha con su sangre, se volvió más apuesto y fuerte que antes. Sin dilación, persiguieron a las tres brujas y después de preparar una colosal fogata, las quemaron. Y, quemándolas, sintieron una pestilencia de muertos tan repugnante que pareció que el pueblo entero se había convertido en un gran cementerio…

Marca este uno más de los modelos orales que fueron trasladados al contingente escrito sobre vampiros alrededor del mundo, y, si coincidimos en que es mínima la variación anuladora que subyace entre idiomas pertenecientes al conjunto de la rama de lenguas romances (rumano, italiano, castellano), migraciones, aculturación y permanencia de voces arcaicas cooperan en establecer un ecuménico acervo en constante ampliación.

COMPARETTI, Domenico.” Il figliuolo del re, stregato”. Canti e Racconti del Popolo Italiano. Volume I. Torino, 1875.

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